Una lúcida Massiel repetía con ímpetu que ahora Eurovisión se hace en color (tomen nota) y que un artista debe tener tablas, poderío, voz y una coreografía vistosa. Los ganadores finlandeses siguen dando que hablar por su victoria y puesta en escena: en pleno siglo XXI la suposición satánica sigue siendo una etiqueta subversiva, concepto superado por muchos. Que se ponen máscaras cutres para llamar la atención en un terreno tan hortera como el mismo nacimiento de Eurovisión, ya están los ideólogos de segunda alarmados por el mensaje lineal y oscurantista de cuatro “aprovechateguis”. Presuponerles un carácter diabólico es mucho más irrisorio que el nivel de los candidatos al “prestigioso” festival de Eurovisión, concebido como un ciclón de estética y folclore paneuropeo. Hay países que toman Eurovisión muy en serio y pasa lo que pasa: que envían artistas de dudosa calidad para el goce de los audímetros. Eurovisión es lo que es. El próximo año puede que participe Montenegro como “Former Serbian Republic of Montenegro” (o algo así).