|
|
|
Citius, Altius, Fortius
|
|
Iñaki González
|
|
 |
|
Vaya por delante que desconozco el fondo de las acusaciones que podrían pesar sobre los detenidos de renombre en el mundo del ciclismo. No se trata de condenar ni de exculpar a nadie pero sí de incidir sobre esa otra realidad del deporte para que no nos regocijemos en la autocomplacencia al comprobar cómo caen los ídolos. Lo del dopaje en el ciclismo es recurrente como lo es en el fútbol o en el atletismo. Con la boca pequeña o abiertamente, hay voces que de modo reiterado apuntan a un uso más o menos circunstancial, más o menos generalizado de sustancias que potencian las capacidades físicas de muchos deportistas. Cuando cae bajo la lupa del reproche un nombre célebre tenemos culebrón para unos días. A estas alturas de la película deportiva, aquel noble ideal de llegar más alto, ser más rápido o más fuerte, símbolo de superación que nos legaron los clásicos como fórmula de evolución de nuestra condición humana en lo físico y lo mental ha sido aplastado por el negocio, el espectáculo, el cruce de intereses que rodea al deporte profesional. Hay demasiada pasión, demasiado dinero y demasiadas obligaciones creadas en torno al deporte y su faceta de principal espectáculo animador del ocio. Las cumbres a escalar en bici deben ser más altas, los saltos hacia el aro más espectaculares, la intensidad y maestría con el balón o la raqueta, más sostenida. Las piernas deben correr más rápido, los brazos remar más fuerte. El público quiere, queremos, a estos gladiadores del siglo XXI. Y la condición física tiene un límite. No digo que no deba haber reproche al tramposo; sólo que aceptemos que quizá sea más sano, más acorde al espíritu deportivo, más real, en definitiva, un poco menos de espectáculo. |
|