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28-05-2006
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Los presentes en el homenaje realizado ayer en la explanada de Gurs guardaron un minuto de silencio. Zigor Alkorta
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Memorias "indeseables"
Más de seis mil vascos convivieron en el campo de concentración de gurs con cincuenta y cinco mil judíos en escala hacia auschwitz. ayer, el gobierno vasco les rindió un homenaje
El campo de Gurs, primero de refugiados, después de concentración, albergó a quienes huyeron al final de la Guerra Civil, a judíos de la II Guerra Mundial y, durante unos pocos meses, a soldados del ejército nazi, a finales de 1945. Los supervivientes del campo situado en el Bearn se reunieron ayer para asistir al homenaje que les rindieron por su defensa de la libertad y democracia.
Gessamí Forner Gurs
El piloto bilbaino de la aviación republicana Ramón Estenaga fue uno de los primeros en llegar al campo de refugiados de Gurs, cuando todavía estaba en construcción, en 1939. Allí permaneció hasta 1942, año en el que volvió a huir, esta vez de los nazis, hacia los Pirineos y acabar en la cárcel detenido por las SS. Carmen Rodríguez fue una de las últimas en abandonarlo, en 1945, después de sobrevivir tres años en él, cuando ya recibía el nombre de campo de concentración. Tanto para el primer inquilino como para la última, fue una cárcel. Mientras que para el gobierno de Vichy, fue siempre un "centro de acogimiento".

Casi 64.000 personas habitaron en Gurs a lo largo de 5 años y 8 meses. Eran republicanos del Estado español y judíos alemanes y de otras nacionalidades, excepto franceses. Pero sólo 6.555 eran vascos y, una cifra similar, catalanes y españoles. El resto, judíos. Estos últimos entraron y salieron en trenes, camino al holocausto, Auschwitz. En la mañana de ayer se celebró en Gurs uno de los pocos homenajes que han protagonizado los republicanos, los "indeseables" de Vichy.

1939-1942

«No me da vergüenza contarlo, allí cogí todo lo que podía coger: desde piojos a sarna». Cuando el padre de Clotilde Morales (Madrid, 1930) consiguió reunirse en el exilio con su esposa, gracias a los anuncios del Socorro Rojo impresos en el periódico, acabaron siendo detenidos por los gendarmes y deportados a Gurs. «Era 1940», recuerda. Antes pasaron por un castillo para presos que se construyó en la primera guerra mundial, sin llegarse a estrenar, una fábrica de conservas de pescado en la isla de Thaly y otros dos campos de refugiados más. «En la zona se abrieron en apenas unas semanas más de diez campos», todos para ellos, que enseguida se ampliaron a los presos capturados por el ejército nazi a partir del armisticio del gobierno francés con Alemania en 1940.

La familia de Clotilde llegó con un bebé de apenas un mes. Al ver la criatura, una madre judía le pidió a la refugiada si podía amamantar a su niña. Nacieron dos hermanas de leche. «Éramos una pequeña cooperativa. No había diferencias entre republicanas, nacionalistas vascas, comunistas, socialistas, anarquistas o judías». Los problemas los tenían con los franceses. «Decían"¡ah, español!" y te trataban peor. No éramos los vencidos de una guerra, sino unos delincuentes, unos rojos y unos marxistas».Pero no todos les trataron como «criminales», murmura Clotilde, porque el primer bocadillo de jamón que probó después de tres años de Guerra Civil, se lo regaló un francés cuando viajaba en un tren de deportación sin rumbo, que acabó en la Bretaña, en el castillo.

«Dormíamos sobre paja y, cuando podíamos, los niños robábamos nabos de la cocina que asábamos en la estufa del barracón». Clotilde, que es atea, se vendió por un mendrugo de pan, confiesa ahora. «El cura nos cambiaba catecismo por un trozo de hogaza». Se lo aprendió entero. Su hermano mayor, no cedió a la tentación.

1942-1945

Carmen Rodríguez (Avilés, 1912) llegó a Gurs hecha una moza, con 24 años. A esa edad, lo único que no recuerda es lo que le ha borrado la memoria de gran señora: nada. «¡Qué desolación al llegar! La paja, los barracones negros, los alambres». Sobrevivió a los peores años de Gurs. En 1942 apenas quedaban republicanos y casi todos los 27 barracones los ocupaban judíos, con los que la comunicación era casi imposible. A los problemas idiomáticos, se añadieron un sinfín de alambradas que rodearon cada pabellón.

Era la Francia ocupada. Para entonces, no existían salvoconductos que dejaban a los hombres libres para ir el domingo al pueblo y comprar a los aldeanos «un huevo, una patata o un puerro», todo en singular, rememora. Cada noche, las decenas de personas que ocupaban un barracón, salían agarradas del brazo para no caerse en el barrizal que se formaba al exterior, escoltado de pinchos afilados. Juntos, y casi en la puerta, hacían sus necesidades. Le llamaban, cariñosamente, «el tren de la mierda», explica Carmen.

Durante aquella temporada, los hombres republicanos se dedicaban «a construir ataúdes y enterrar judíos». O trabajar, si así eran requeridos, en obras públicas de la comarca de Bearn. Mujeres, niños y judíos no salían del barracón. «Tres años estuve y cada día nos preguntaban de dónde éramos, cómo nos llamábamos y la fecha de nacimiento. Una gitana andaluza, que era analfabeta, les soltaba de vez en cuando "póngame usted que soy nacida en el mes de mayo, que es el de las flores y el más bonito". Fue la primera en alumbrar una niña en Gurs. Las enfermeras de la Cruz Roja Suiza la atendieron de maravilla. De vez en cuando, le conseguían algo de confitura que ella pretendía repartir entre todos. ¡Pero mujer!, le decíamos, ¡en tu estado!».

Un día, Carmen conoció al señor Mendoza, que como era electricista podía ir de barracón en barracón -gracias a él, el estraperlo funcionaba mejor-. Mendoza fue el intermediario en su cortejo, con otro refugiado, un ebanista durangués que acabó convirtiéndose en su marido. Al salir de Gurs, Carmen se casó, al de poco enterró a su madre y tuvo dos hijos. De aquellos años no sólo guarda cartas de amor, sino una intensa correspondencia de carácter politíco que, de vez en cuando, relee para mantener la cabeza lúcida, le gusta decir.

1945

En setiembre de 1945 se firmó el final de la II Guerra Mundial. Gurs permaneció en activo hasta el 31 de diciembre de ese mismo año. Fue entonces cuando los roles se invirtieron. Los presos eran alemanes y los republicanos que permanecían en el campo realizaban tareas de mantenimiento. Los únicos, los invariables, «los que sin conciencia desmantelaron las maletas de los judíos» -asegura Fernando Pérez-, «les desplumaron los bolsillos vendiéndoles algo de comida» -sostiene Carmen Rodríguez-, los gendarmes franceses, seguían en su puesto.

Todos los supervivientes de Gurs y los hijos de los fallecidos recuerdan, invariablemente, la humillación infligida por los gendarmes. «Llegaban con un camión cargado de maletas y de judíos, las personas bajaban, les dejaban justo donde estaba el barro, el camión reculaba marcha atrás y a continuación aceleraba para salpicárles», le contaba el padre de Fernando Pérez a su hijo. Era el primer contacto. Más de 55.000 llegaron desde la estación de Oloron.
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