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28-05-2006
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"Villa progreso"
SE LLAMA ASÍ, y curiosamente está en la frontera de méxico con eE.UU. diez emigrantes salen de ella al mes hacia el otro lado y Muchos repiten una experiencia durísima
El Senado estadounidense acaba de aprobar una reforma de la legislación sobre inmigración que, sin embargo, no parece tener futuro en el Congreso. Al sur, al otro lado de la frontera, en Villa Progreso, todo eso no importa. Seguirán pasando al norte para trabajar 15 horas al día. Con reforma o sin ella.
Marta Martínez Villa Progreso (México)
Norma y Edgar pertenecen a una familia de ocho hermanos, de los que cinco ya han vivido la experiencia de cruzar la frontera hacia Estados Unidos. Ahora, de nuevo en México, viven en su pueblo natal, Villa Progreso, en el Estado de Querétaro, al norte de Distrito Federal. En esta localidad, por lo menos 10 emigrantes al mes viajan al norte, donde vive cerca del 60% de su la población. Pero Villa Progreso es sólo un ejemplo de los miles que existen en Querétaro y por toda la República.

«La primera vez que me fui, en 1988, tenía 24 años. Yo no sabía inglés, pero tampoco se necesita. Aún hoy en día, después de haber cruzado como unas veinte veces la frontera, no hablo nada de inglés. La verdad es que todo el pueblo vive allá, de cada casa hay uno, todos influenciados por los dólares», comenta Norma, quien asegura que se fue «sin dinero, sola y crucé por el mar, mar abierto».

«Yo no sé nadar, pero veía tanta corrupción en el cerro (el desierto)... me daba miedo, porque hay robos, matan, violan, y luego sin documentación (no llevan para no quedar fichados en inmigración), nadie te reclama y acabas en una fosa común. Lo peor es que no es ni siquiera el estadounidense, somos nosotros mismos, los latinos que hacemos eso, es mi peor desilusión. Somos nosotros los que organizamos bandas de criminales en el cerro, los que robamos. Cuando llegué al otro lado lloraba a mares, me pregunté quién me habría mandado a mí cruzar, Dios mío», relata.

Del mar al "corralón"

Aquella primera vez, Norma no tuvo suerte, pese a haber contratado a un "coyote". «Ellos sólo te van guiando, de ti depende todo. Ya en Estados Unidos me detuvieron, nos encerraron durante cinco o seis horas en un corralón, bueno en una cárcel, con rejas y todo, ¡cómo lloraba entonces!». Norma asegura que es lo más duro que le ha tocado vivir: «Preguntaba cuándo nos dejarían salir, y la gente con más experiencia me decía: no te preocupes, nada más espera que se llene para que manden los autobuses. Eran autobuses bien elegantes, que me hizo hasta ilusión, pero nada más te avientan allá, hasta la frontera, y ahora sí, cada quien que se vaya por donde pueda, así que yo volví a cruzar por el mismo camino, hice el mismo trayecto y esa vez lo logré. Por el canal de las aguas negras, por San Diego, y de noche. ¡Qué miedo! Porque de noche hay más rateros, más criminales. Y de repente que pasaba un ‘‘mosco’’ (un helicóptero de inmigración) y que nos escondimos en un puente, y el agua me llegaba por la cintura, era el mes de enero, invierno, y llueve mucho por la parte de Tijuana, Los Ángeles; en todo lo que es California es el mes de lluvias. Yo ya no sentía los pies de congelados, y pensaba, si me sigo sintiendo así otra vez me van a agarrar y a llevar al corralón, y lloraba pero a mares, estaba sola, nada más que con mi Coyote».

Por el desierto o por los canales

Norma, una vez en Estados Unidos, se reunió con su hermano Edgar, que ya llevaba varios años en el país. Edgar cruzó por el desierto, «lo hice con unos amigos, cuando tenía 16 años. En esa época, venía a recogernos un autobús que salía de Querétaro, que nos dejaba en la misma frontera. Además, podías contratar a los Coyotes del pueblo, que siempre es mucho más seguro. Antes era más fácil cruzar la frontera, no había tanta vigilancia. Pero desde los atentados de Estados Unidos, hay gentes que están dos o tres semanas en los estados fronterizos mexicanos esperando el momento apropiado para cruzar y ya los de inmigración hasta te conocen y cuando te ven, te dicen: otra vez tú. Hay algunos que se regresan. Hay señoras que llevan niños, embarazadas, hay a otras que las violan, tú oyes que están gritando, pero, ¿qué puedes hacer? Nada más que seguir tu camino y no voltearte. No puedes regresarte porque te matan», comenta.

Hay muchas maneras de cruzar la frontera y la más barata siempre es la más peligrosa. Se puede ir por mar, por el desierto, incluso por canales de drenaje, que tanto Edgar como Norma han probado. «De siete veces que he pasado, he probado de todo, incluso por el canal de drenaje, es horrible, imagínate luego cuando me subí al metro de San Diego, ¡qué olor!», recuerda Edgar. Pero lo más barato es cruzar en camiones blindados, donde viajan decenas de personas y donde se corre un gran riesgo de muerte por asfixia. La más cómoda, es cruzando la línea (el retén de inmigración). «Ahí ya te ponen bien elegante, con corbata y todo, te dan unos documentos de otra persona y te tienes que aprender los datos de memoria. Eso sí, no te pongas nervioso porque en los retenes hay psicólogos y te notan cuando mientes. Pasas por unos tres retenes y cuando ya estás en el destino, tienes que devolver tu corbata y todo», aseguran.

Edgar recuerda el precio. «La vez que yo crucé así, hace unos diez años, me cobraron 700 dólares, pero ahora ha subido hasta 5.000. Por el desierto se paga unos 180 dólares, ahí te dan unas naranjas y agua y más te vale racionarlo porque entonces puedes morir deshidratado», añade. «Vamos en grupos de 50 ó 60, ya en Estados Unidos, estamos como cuatro días en una habitación, donde sólo comemos huevos revueltos, y pasado ese tiempo, nos mandan a cada uno a su destino».

La violencia en la frontera es algo ya muy conocido entre los inmigrantes, todos conocen alguna historia trágica, o la han vivido en primera persona, pero ni siquiera eso les detiene. Modesto Castillo González, uno de los veteranos de Villa Progreso, asegura que cuando él cruzó la línea en 1980, estuvo ocho días vagando por el desierto con un grupo de 50 personas, «incluso nos encontramos hasta un muerto de bala», pero también sus hijos quisieron repetir la historia. «Yo conozco los peligros de la frontera, así que les mandé con un coyote de confianza y les aconsejé sobre la ruta más segura, les hice hasta un mapa, así me quedé más tranquilo. Ahora están allá, llevan veinte años y todavía no tienen papeles, yo no sé cómo aguantan, yo no pude estar ni dos años, extrañaba demasiado a mi familia, será porque ellos no están casados, pero es duro no poder salir en años de allá, porque imagínate hacer esa ruta cada año», asegura.

Vivir con papeles falsos

Algo así explica también Enrique López, diseñador en un periódico de Ciudad de México, para quien lo más duro de sus cinco años como inmigrante ilegal en Estados Unidos «era la sensación de encierro. No puedes salir del país, porque no tienes papeles. Para moverte por allí, en cambio, no hay problema, yo durante ese tiempo conseguí una "green card" (visa de inmigrante) y seguro social, todo falso, claro. Pero es que es tan fácil conseguirlo, hay una calle en San Francisco, Market Street, por la que pasas y todos te ofrecen papeles falsos, eso sí, si te agarran, te pasas unos cuantos años en la cárcel».

Y si no, te pasas años trabajo a destajo, como dice Norma: «La primera vez que fui trabajaba en un taller de costura, eran patrones mexicanos, era lo que yo no me explicaba, nos pagaban super bien, 600 dólares a la semana, a parte me llevaba trabajo extra a casa y a la semana sacaba 300 dólares más. Pero el domingo estaba que no me podía levantar. Eran jornadas de 15 horas. De tantas veces que he estado, he trabajado de todo, en el campo, en fábricas, en una imprenta y en limpieza de casas...».

«La gente quiere contratar mexicanos porque aguantan la rutina pesada, con un sueldo que un americano no va a tolerar. Yo ganaba entre 650 y 700 dólares a la semana y aquí en el pueblo a un albañil le pagan entre 100 y 150. Allí puedes comprarte ropa de primera, aquí digamos para comprarte un pantalón vas a quedarte sin comer un día o más», asegura por su parte Edgar, quien llegó a tener dos trabajos, «en uno entraba a las siete de la mañana y salía a las tres, a las tres y media empezaba el otro y no terminaba hasta las doce de la noche», asegura.

Curiosamente, tanto Edgar como su hermana Norma sienten admiración por Estados Unidos, y hasta justifican algunas de las medidas que endurecen la situación de los inmigrantes ilegales. Quizás porque saben que será inútil, como asegura Norma: «Si Estados Unidos tiene un proyecto, México hace tiempo un anteproyecto. Ya hay túneles, puertas en la valla... Nadie va a poder frenar a millones de gentes».
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