SU ESPÍRITU estajanovista quizás sea producto de la carnicería que su familia tiene en Cassano Magnano. Lleva la montaña en sus genes. Con nueve años, este educado varesino, tan tímido como meticuloso, se cogió la bicicleta y escaló el Stelvio y el Aprica. «Mi gente tenía una casa en la zona y me hizo ilusión subirlos. Lo hice poco a poco. Cuando me cansaba paraba a comer y luego seguía». Paulatinamente se fue forjando un historial de buenos puestos en las clásicas y no tantas victorias, cerca siempre del triunfo, pero nunca en lo más alto. Después de tres años en el Fassa Bortolo, madurando a la sombra del veterano Giancarlo Ferretti, dio el salto al CSC, donde se reunió con Riis, soportó la mirada del ‘‘ Ojo de Águila’’ y se prestó a relevar a Hamilton, huído al Phonak, y a mejorar en contrarreloj, su flanco débil, con entrenamientos minuciosos y especiales. No en vano, los chicos del CSC tienen prohibidas las bebidas con gas, incluido el champagne de la celebración. Ayer, en el Mortirolo, el mismo que ascendió con doce años en mountain-bike, no solamente remató la faena del Giro 2006: colocó los cimientos para coronar el próximo Tour y reabrir una nueva generación. La penúltima etapa, la reina, entre Trento y Aprica, con colosos como el Tonale, el Gavia (techo de la carrera con 2.618 metros de altitud) y el terrorífico alto antes citado, a tan sólo treinta kilómetros para la línea de meta, dejó todo como estaba: Ivan, en plan terrible, y Simoni sin poder arrebatar el segundo escalón a Gutiérrez. La buena noticia, del lado euskaldun, ya que Patxi Vila pudo colarse entre los diez primeros de la general, junto al colosal Juanma Garate, séptimo. Flores, López García y Rubiera compartieron asimismo protagonismo durante muchos kilómetros de una jornada que fue una especie de homenaje al malogrado Marco Pantani, evocando sus exhibiciones en esos lares. Con un comienzo lento, debido al contínuo subir y bajar, el irundarra encabezó los sucesivos altos para reinar en el premio de la montaña y se busco buenos compañeros para intentar dar la sorpresa. Se llevó a varios de sus amigos y obligó al conjunto del líder a ponerse el buzo a las primeras de cambio, en el Tonale, un puerto de 15 kilómetros con rampas que llegan al 10%, mientras los corredores del Saunier Duval no escatimaron esfuerzos para tensar el ambiente con Rubén Lotato al frente. El CSC lo dio por bueno y se dedicó a marcar la rueda de Simoni y los suyos, excelente estrategia que puso contra las cuerdas a la revelación, José Enrique Gutiérrez. Garate se aupó al cielo de la cima Coppi, el primero en la cúspide del Gavia (un puerto de los que quitan el hipo con dieciséis kilómetros de ascensión y desniveles del 16%). Hasta que a 50 kilómetros para el final, los favoritos salieron a escena. Basso pasó a un primer plano, tirón al que sólo respondió Simoni, pero a quien finalmente aventajó en 1:17; al tiempo que Gutiérrez, peleando con Cunego –y entrando ambos a 2:51–, se aferró a seguir en el podio la estela de Ivan.
«Basso es muy bueno, pero no gana nunca», se atrevió a acusar ‘‘il professore’’ Ferretti a la firme figura de las dos ruedas, a las que presta parte de su vida; puesto que la restante la disfrutan su mujer, su pequeña Domitila y su recién nacido Santiago, a quien dedicó la victoria ayer. Entre sus recuerdos, el de su madre, que falleció víctima de un cáncer; y su hermana Elisa, ex miss Giro, una rubia de impresión. En la casa familiar dejó el retrato de su ídolo, Miguel Indurain; después, su fe casi ciega recayó en Riis, el encargado de derrocar al rey de los noventa. Ahora, Basso quiere erigirse en el sucesor del campeón que ha monopolizado los Tours del cambio de siglo. En Italia tienen prisa, dado que cuarenta años de sequía son demasiados para tanto fervor. Tras su incontestable actuación en la ronda natal, la ciudad de la luz, París, se apresura para iluminar a Ivan, el niño que sin ser todavía adolescente ya avisó al Mortirolo de sus intenciones. Terrible. A lo grande.