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10-06-2006
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Cómo meterle un gol al fútbol
Cada ser humano, de norte a sur, de Asia a América, de Europa al continente africano tiene ahora por cabeza un balón y millones de personas adoran febrilmente a unos remirados deportistas
José Ramón Blázquez
El mundo entero es desde ayer y durante un mes un inmenso balón de fútbol que gira alrededor del Campeonato mundial de Alemania. Durante este tiempo el balompié será más importante que la subida del Euribor y la carestía de la vivienda, más que el desempleo y la deslocalización productiva, más que las trágicas secuelas de la guerra de Irak, mucho más que la inmigración y el hambre del tercer mundo, más que las ansias de libertad de millones de personas… Cada ser humano, de norte a sur, de Asia a América, de Europa al continente africano tiene ahora por cabeza una pelota de fútbol y millones de personas practican la idolatría en masa adorando febrilmente a unos remirados deportistas.

¿Anestesia colectiva, evasión de las preocupaciones cotidianas o un intrascendente espectáculo deportivo de formidables dimensiones económicas? Más allá de los tópicos, la agobiante futbolización de la realidad constituye un reto para la conciencia individual y social en la medida que la exageración virtual y simbólica del fútbol supone una alteración de la jerarquía de valores y una sentimentalización de los comportamientos, y en tanto que objetivamente se utiliza el espectáculo del fútbol como factor de empobrecimiento cultural de los pueblos, quizás por lo arriesgado de optar por la alternativa de la promoción de su autonomía y educación.

No digo que el fútbol tenga la culpa de la superficialidad biográfica de las personas, ni que el fútbol cause irremediablemente alienación y estupidez. Quiero decir que la sobreabundancia del fútbol, su globalización y el abuso de la representatividad deportiva exigen una respuesta activa para no perder la identidad y la cordura en este empacho. El campeonato mundial de fútbol va a ser en todos y cada unos de los partidos, por encima de la mera cuestión competitiva, una exacerbación del significado de las naciones en liza, una embriaguez simbólica de banderas, colores y himnos, un culto a los sentimientos patrios en su vertiente más primaria y juvenil. ¿Mundial? No, nacional.

Ahí está la primera trampa de este juego loco: disputan las naciones, no los futbolistas, por cuanto se atribuye a éstos la función de embajadores de sus pueblos sobre el césped, una prerrogativa que nadie les ha dado, pero que la simplificación simbólica del fútbol permite construir eventualmente y hacer creíble tal suplantación. Y aquí asistiremos a la exaltación de la nación española cuando la selección estatal se enfrente a Ucrania, Túnez y Arabia Saudita, con lo que España, en realidad, se juega su dignidad nacional y no una simple eliminatoria. Lo ha dicho Raúl, capitán del equipo español: «Estoy feliz de estar con mi selección, de defender a mi país».

¡Pobre nación la que tiene que recurrir al enardecimiento deportivo para acreditar su realidad nacional! Cuántas carencias denota este rendimiento al simbolismo banal. Y no lo digo sólo por España, que no teniendo más instrumentos de cohesión que el fútbol y el Festival de Eurovisión, espera con ansia estos eventos para sentirse por unos días una vibrante nación, ilusionada y unida al canto bobo de oé, oé, oé. Lo digo también por nosotros, que hemos puesto en el fútbol demasiada carga significativa para concretar y visualizar nuestras emociones nacionales. Y es un error dramático. Sinceramente, ¿no vincularíamos igualmente nuestra identidad nacional a los goles y victorias de la selección de Euskadi si ésta pudiera participar en la competición oficial? Los seguidores del Athletic vemos a nuestro club como la quintaesencia de la peculiaridad vasca y le atribuimos la categoría de icono de Bilbao y de Bizkaia, cuando en realidad no es más que un club de fútbol, muy singular, ciertamente; pero sólo una entidad futbolística. Lo mismo podríamos decir de nuestros otros clubes de fútbol y del equipo ciclista Euskaltel. Pero lo que vertebra una nación es, como señala George Weigel, «aquello por lo que hombres y mujeres respetan, aprecian y aman; por lo que las sociedades piensan que son fieles, nobles y buenas; por la expresión que da a esas convicciones en el lenguaje, la literatura y en el arte; por lo que tanto los individuos como las sociedades están dispuestos a poner en juego y arriesgar sus vidas». Va siendo hora de desprendernos del simbolismo rancio y de meterle al fútbol un gol por toda la escuadra.

En una dimensión diferente a la simbólica, lo que tiene de malo la religión del fútbol es que exige que tu afición sea fanática e irracional y que la vivas con pasión absoluta. No hay una visión neutral o intelectual del fútbol. El fútbol no relativiza. Debes elegir equipo, colores, himno y rivales. Tus sentimientos se sitúan por encima de la razón, lo que te llevará al sufrimiento en la derrota y al éxtasis en la victoria como hechos trascendentales. Esta vivencia paroxística del fútbol provocará forzosamente que cualquier día, sin darte cuenta, pierdas la compostura en el estadio, te veas chillando en la grada como un energúmeno y degeneres en tu padecimiento por las evoluciones de veintidós millonarios.

Cuando te veas en el espejo de tus irracionales reacciones, cuando percibas esta adicción emocional, que neutraliza tu libertad de criterio y rapta tus sentimientos, caerás en la cuenta de que eres preso de la demagogia del fútbol, que sólo te quiere porque pagas sus facturas y formas parte de su descomunal circo. Entonces querrás meterle un gol al fútbol regresando a la indiferencia, ese estadio de la realidad donde tú ganas siempre.
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