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11-06-2006
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José Martín Barcala, Iñaki Jaso, Asier Brunet y Elías de Luis, trabajadores de MCC; en plena calle de Shanghai durante uno de sus momentos de asueto. Z. Aldama
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Vascos en China
Fotos Zigor Aldama
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Vascos a la conquista de China
Que China es ya una potencia económica mundial está fuera de toda duda. Que atrae la atención de todo el mundo, también. Pero, ¿cómo viven aquellos que deciden ir a la conquista del gran mercado del siglo XXI? ¿Y si son vascos?
La mayoría son jóvenes, aunque no todos ellos. Y resaltan entre el gentío de las calles de Shanghai, Pekín o Tianjin. A alguno se le identifica de lejos: "Ése es vasco, seguro" por el físico y los ademanes. La comunidad vasca en China crece cada mes. Trabajadores o empresarios vascos no son ya en aquel país sino las excepciones que confirman la regla de la globalización.
Zigor Aldama Shanghai
La frase
«Es imposible relacionarse con los chinos en su terreno, hacer amigos, eso hace que muchos tiren la toalla»
Natxo Artamendi
Dtor. Inst. Hisp-chino

China asombra al mundo cada día con su milagro económico. Y también asombra a los extranjeros que viven en ella con su trepidante ritmo y sus costumbres a veces indescifrables. Sin duda, China no es un país fácil. Pero va camino de convertirse en la primera potencia mundial, y todos los países del mundo quieren encontrar su pequeño rincón en el gigante asiático. Euskadi no es una excepción, y la comunidad vasca del país crece cada mes. Hemos convivido varios días con algunos de sus miembros más destacados.

A pesar de que en Shanghai viven veinte millones de personas, no es difícil dar con Juan Ignacio Motiloa por la calle. Los dos metros de estatura del director de Spri en China sobresalen de la marea de chinos que inunda las calles de la ciudad más próspera del país. Varios años de trabajo en China le llevan a dar un consejo: «hablar su idioma es un arma clave. Es una forma de enterarse de lo que realmente piensan los chinos y, a la vez, de suscitar su respeto».

Tampoco es difícil divisar a Iagoba Agirregomezkorta en la fábrica de Wingroup que dirige. Su volumen y su forma de andar delatan su procedencia. "Sin duda, es vasco", es lo primero que viene a la cabeza al verlo. Él es uno de los pocos que se atreven a conducir por carreteras chinas. A bordo de su flamante todoterreno, Iagoba mantiene a los chinos a raya: «Nadie respeta las normas de tráfico. La situación en las carreteras es demostrativa de lo que sucede en China a nivel general. Cada cual se busca la vida».

Tanto Iagoba como Juan Ignacio se manejan con soltura en un mundo completamente diferente al de Euskadi. Iagoba lidia en mangas de camisa con los empleados de ojos rasgados mientras que Juan Ignacio hace lo propio con directores de empresas chinas con chaqueta y corbata. Dos caras de la misma moneda. Dos caras del mismo país e, incluso, la misma ciudad. Eso sí, siempre que pueden ambos corren a por un chuletón regado con buen vino.

China provoca sentimientos extremos y no deja indiferente a nadie. Hay quienes, como Juan Ignacio Motiloa, se sienten casi como en casa. Y los hay, como Iñaki Jaso, Asier Brunet y José Martín Barcala, montadores de la empresa de Bergara Soraluce, que nada más llegar ya están deseando volver. La reacción de cada uno depende del trabajo que vaya a desempeñar y de las comodidades de las que disfrute. «Hay que diferenciar entre quienes viven en grandes ciudades como Shanghai, Pekín o Guangzhou, y aquellos que tienen que trabajar en pueblos remotos. Los primeros no tienen problema a la hora de elegir un alojamiento cómodo, incluso mejor que el de Euskal Herria, alimentarse bien y a gusto, y disfrutar del tiempo de ocio en bares y discotecas a la última; los demás se encuentran con lugares poco desarrollados en los que la vida es muy complicada», comentan.

El día a día

Tercera carretera de circunvalación de Pekín. Cuatro carriles en cada sentido y decenas de miles de vehículos en una implacable lucha por un hueco sobre el asfalto. Cláxones estridentes y frenos exhaustos. La era de las bicicletas ya es historia. Oscar Urdangarin, Delegado del Grupo Danobat (MCC) en China, es consciente de que cinco kilómetros pueden llevarle una hora y está determinado a no pasar media jornada en atascos. Hoy llega tarde, pero nueve años en China le han fortalecido la paciencia y le han enseñado «a agudizar el ingenio». Para casos extremos en los que la puntualidad es imprescindible, Oscar guarda una pequeña sirena y una luz azul que su chofer coloca en el techo del vehículo. Como si de Moisés se tratara, lo que antes parecía una barrera infranqueable se convierte en un camino limpio de obstáculos. «Hacerse pasar por la Policía es la única forma de llegar a los lugares sin excesivo retraso», comenta Oscar. «En China, las reglas son diferentes a las del País Vasco, y hay que aprender a beneficiarse de ellas. Si no, te pasan por encima». Oscar es uno de los pocos que suelen abandonar la gran ciudad para internarse en las provincias del interior del país, «un mundo completamente diferente, en el que los relojes parecen haberse detenido hace muchos años».

Siete de la mañana, suena el despertador en casa de Josué Vegas, director técnico de Brunnschweiler en Shanghai. Un desayuno breve y la furgoneta de la empresa ya está esperando a su puerta. Josué es uno de los pocos que acude al trabajo junto a sus trabajadores. Se acomoda en el asiento del copiloto y aprovecha la hora de trayecto para escuchar lecciones de chino en el MP3, charlar con el conductor y echar una cabezada. «Aquí las distancias te permiten hacer todo esto y más», sentencia.

Una vez en el pabellón, Josué es uno más. Comparte espacio de trabajo con secretarias, delineantes e ingenieros y, hasta hace muy poco, incluso tomaba el mismo catering. «Hasta que mi estómago no pudo más. Ahora me traigo el túper de casa con una ensaladita, y a correr». La comida es uno de los primeros escollos a los que se enfrentan los recién llegados. «Aunque en ciudades como Pekín o Shanghai se puede comer todo tipo de comida, al final es necesario habituarse a la china, que es variada y muy sabrosa», explica Jesús Amezaga, director de Fagor Automation en la capital. «El problema está en que siempre hay varios platos que no queremos ni ver, y si los sacan todos a la vez puede ser horrible. Al principio, cuando no se sabe de qué va esto, cuesta hacerse al ambiente, a la comida y a los chinos, pero con el tiempo uno se habitúa».

«El choque cultural es el primer escollo a la hora de entrar en el país, y es muy difícil adaptarse a la forma de hacer las cosas aquí», asegura Natxo Artamendi, el único ciudadano del estado español que ha recibido la Medalla a la Amistad con China y director del Instituto Hispano-Chino, una entidad compuesta al 100% por capital vasco. Natxo lleva ya tres años viviendo en Tianjin, una ciudad cercana a la capital. Aun así, asegura que todavía no conoce a la gente china con la que trabaja. «Es casi imposible relacionarse con los chinos en su terreno. Es imposible hacer amigos, y eso provoca que muchos tiren la toalla. La principal barrera es el idioma».

Oscar Urdangarin sabe perfectamente que los traductores van más allá de la transformación del lenguaje. «En ocasiones en las que estás furioso notas que el intérprete suaviza mucho las palabras, pero lo más divertido sucede cuando el ambiente está distendido. Por ejemplo, en alguna ocasión he contado algún chiste verde y mi traductor ni siquiera me ha mirado; ha seguido comiendo como si no hubiese dicho nada. Entonces me doy cuenta de que he metido la pata». Aunque siempre puede ser peor: «en otra ocasión, tuve un traductor que hacía su trabajo de forma literal. Cuando se me escapó un taco que, traducido literalmente, tiene un significado bastante fuerte, el ambiente se tornó muy tenso», rememora Urdangarin.

Según comentan los extranjeros que residen en China, todos pasan por un momento en el que no quieren ver a un chino ni en pintura. Es un síndrome conocido como el "pekinazo", que viene dado por la imposibilidad de adaptarse al choque cultural. Un sentimiento en el que se unen la impotencia por no poder llevar a cabo los planes tal y como estaban planificados, y el hartazgo por la complicación que supone explicar las cosas a una gente con códigos de conducta completamente diferentes. Sin duda, el idioma es un gran escollo.

La mayoría de los vascos que trabajan en China tienen que lidiar con grandes diferencias culturales en el trato con sus trabajadores. «El carácter chino es un gran enigma para nosotros y no se les puede juzgar con nuestros parámetros», explica José García, Director Ejecutivo de Irizar Tianjin. «Por ejemplo, rara vez dirán que algo no es posible. A nosotros nos parece que nos pueden estar mintiendo, pero no es así. Hay que aprender a entender qué es lo que realmente quieren decir fijándose en cosas tan sutiles como el tono o los gestos. La comunicación es una mezcla mucho más compleja que la de Euskadi», afirma . «Para que las generaciones futuras estén preparadas para triunfar en el mundo globalizado, es necesario que los jóvenes aprendan chino y se interesen por esta cultura. De lo contrario, nos pasarán por encima», apostilla Motiloa.
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