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El rostro de los monstruos
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Iñaki González
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¿QUé aspecto tiene un monstruo? No uno de diseño, con garras, fauces feroces y ojos de fondo amarillo. La pregunta tiene que ver con la dificultad de reconocer a nuestros monstruos contemporáneos. Dudo de que el hombre que asesinó a su pareja de 14 puñaladas tuviera cuernos que advirtieran a su víctima del riesgo no ya cuando, hace menos de una semana, pidió protección ante las amenazas sino cuando tiempo atrás vio en él alguien digno de ser amado y compartir una familia. ¿El monstruo nace o se hace? El menor que lideraba la banda que desvalijaba a sus víctimas con una violencia desmesurada en Castellón, Valencia y Alicante y que fue detenido junto a sus cinco compañeros ¿se transformó en algún momento en la bestia violenta que dicen que era? ¿De dónde nace tanta rabia y tanto desprecio por sus víctimas? Anticipo ya que en esta columna no hay respuestas. Casi prefiero pensar que acaso nadie las tenga porque, de no ser así, de haber algún indicio que apunte las causas la responsabilidad de las consecuencias debería tener nombre y apellido. Un joven de un pueblito del corazón de Estados Unidos sale un mal día de su casa y acaba a miles de kilómetros de distancia manteniendo a pan y agua durante 17 días a un prisionero al que no conoce pero al que, evidentemente, odia. No; no parece que al monstruo se le prevenga fácilmente. Menos aún si, a su paso, se mira a otro lado. Dos niños llegan con cierta asiduidad al colegio con evidentes señales de maltrato y, ante la denuncia de dos testigos, el director del centro responde que las «normas del colegio pasan por no decir nada de lo que está ocurriendo». Será sin duda hombre de bien. Incluso cuando su silencio alimenta al monstruo. |
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