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Adriano, que consiguió abrir el marcador para Brasil en el minuto 49 con un tiro raso con su pierna zurda, celebra su tanto, que dedicó a su hijo Adriano Júnior, nacido el viernes. Reportaje fotográfico Efe y Afp |
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El canario sigue afónico
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Brasil vence, no convence pero ya está en octavos; Australia, valiente, paga su falta de gol
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Igor Camaño
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Todos esperan que trine, que dé un recital, que explique sobre el campo por qué es la máxima favorita para ganar el Mundial, que muestre el fútbol de ‘‘play-station’’ que lleva en sus once pares de botas, que salga del juego ramplón que ha maltratado a la mayoría de partidos del campeonato, que haga reír, que convierte lo imposible en posible, que el balón entre por la escuadra, de tacón, de ‘‘rabona’’, que marque, como poco, cinco goles, que justifique una tarde en casa. En fin, se le piden tantas cosas a Brasil que parece que con ganar a Australia y asegurar su pase a octavos de final no basta. Por eso es Brasil. Si no sería Arabia, Suiza o Trinidad, para quienes el fin justifica los medios. Pero es Brasil. Un respeto. Palabras mayúsculas. Por eso se le pide tanto. Porque sus cinco Mundiales demuestran que puede darlo. Porque sus futbolistas son las banderas de los mejores equipos del mundo. Y por eso, al menos para Brasil, no vale sólo con ganar. A ver: sí vale pero no vale. Brasil siempre está obligado a dar más. A bordarlo. A ganar sin dudas. Y cuando, como ayer, la ‘‘canarinha’’ supera a Australia con más apuros que otra cosa, con un fútbol correctito, sin más, es normal esbozar una mueca de fastidio: esto no es lo que esperábamos de Brasil. El canario sigue afónico. La esperanza es que ha conseguido plaza en octavos y todavía hay partidos para ver el Brasil que todo el mundo quiere ver. Si, como se supone, existe.
A Alberto Parreira, el sastre que hilvana el once brasileño, todo esto le entra por una oreja y le sale por otra. Normal. Primero ganar, luego jugar bien. La máxima de los técnicos es simple. El seleccionador puede sacar la cara a sus muchachos y, de paso, sacársela a él. Los australianos se replegaron bien, defendieron con los once metidos en su área y, pese a ese pegajoso marcaje, los sudamericanos fueron capaces de marcar dos goles. Es cierto: no pararon hasta que consiguieron enviar el balón al fondo de las mallas. La explicación puede colar. Adriano -junto con Ronaldinho y la zaga, lo mejor de Brasil ayer- hizo el primero y Fred, que justo había entrado al terreno de juego, firmó el segundo en el segundo balón que tocó. En el fútbol gana quien marca más goles. Y ayer Brasil tuvo el mérito de hacer dos y Australia el demérito de no hacer ninguno. Aunque pudo hacer varios. Simple.
Australia, volcada
Hiddink, técnico ‘‘aussie’’, sólo les puede reprochar a lo suyos eso: que se dejaron la puntería en el vestuario. El destino puso dos balones claros en las botas de Viduka y Kewell que ninguno de los dos supo aprovechar. Así no se puede ganar a nadie. Una pena para ellos. Porque, al menos ayer, Australia no fue mucho menos que Brasil, al menos en cuanto al juego. Sí en cuanto al acierto. Los australianos cumplieron a rajatabla la primera parte de su guión, atar a los brasileiros, pero descuidaron la segunda, la portería rival. El tanto de Adriano, lejos de hundirles, les espoleó. Fue cuando más apretaron a los pentacampeones. Volcados en la portería de Dida, bastante cantarín ayer, hicieron sufrir a la ‘‘verdeamarelha’’, todavía más verde que ‘‘amarelha’’. Cuando más cerca estaba el empate llegó el segundo. Y el final del partido. |
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