Que China cambia de un día para otro es algo de sobra conocido. Que su economía ocupa ya un lugar preferente en el mundo globalizado también. Ya no se puede hablar del gigante dormido, sino del dragón hambriento.
Sin embargo, las condiciones de la población china no avanzan al frenético ritmo del desarrollo económico. La falta de libertades, y de democracia en general, empieza a ser una preocupación para una parte de la ciudadanía. Aunque todavía no forma más que un pequeño porcentaje, esta disidencia política preocupa al gobierno de Pekín, que no duda en utilizar medios violentos para reprimir protestas, ni en aplicar la tortura para quienes buscan, desde la paz, un régimen diferente: es el caso de Falung Gong.
Muchos intelectuales chinos tuvieron que exiliarse durante la Revolución Cultural de Mao, en la década de los sesenta. Fueron acogidos por estados occidentales, especialmente en Europa y Estados Unidos. Recientemente, tres de estos disidentes políticos exiliados en América, se han dado cita en Taipei, la capital de Taiwán, para pronunciar conferencias sobre la situación de los Derechos Humanos en China, así como para debatir sobre el proceso de democratización del país.
Cao Changquing (Shenzhen, sur de China, 1950), Xue Wei (Chengdu, centro de China, 1947) y Hu Ping (Pekín, 1953), nos reciben en una amplia sala de la Fundación Taiwanesa por la Democracia, organizadora de las conferencias. Sentados frente a un fondo en el que se muestran imágenes de la lucha de Taiwán por la libertad, los tres cuentan las experiencias personales que les llevaron a abandonar su país natal y debaten sobre el futuro político del gran gigante asiático.
Camino a la democracia
Comienza el debate entre los tres disidentes y pronto las ideas se cruzan en el aire en un volumen en aumento. Son personas inquietas que, como asegura Changquing, no guardan rencor a China por sus historias personales. «Pretendemos construir un país mejor, en el que las libertades sean una realidad para que podamos volver y disfrutar de una China democrática». Y parece que los tres están de acuerdo en que el proceso de democratización es irreversible: «los chinos tienen acceso al mundo exterior a través de los medios de comunicación y del turismo, es cuestión de tiempo que los mensajes de democracia y libertad calen en ellos», apunta Hu Ping.
Cao Changquing no comparte esa idea: «la democracia no llegará a China por el boom económico ni por influencias externas, eso es una fantasía. Lo importante es fortalecer los movimientos prodemocráticos que están naciendo para que la revolución llegue desde dentro». Xue Wei le interrumpe: «sin la presión internacional, la población nunca podrá derrocar al Partido Comunista, pues su fuerza es enorme». Changquing tuerce el gesto: «desde luego que la colaboración exterior es importante, pero la Historia demuestra que China necesita de un motor interno para moverse, que es poco permeable a las influencias externas».
Para Hu Ping, sin embargo, el desmesurado crecimiento económico sí que puede traer consigo cambios en el sistema político: «ya se ha visto que el número de manifestaciones se multiplica rápidamente, y el gobierno de Pekín es consciente de que no puede cerrar los ojos ante el descontento social». Ping sostiene que los chinos no tienen la democracia como una meta consciente, sino que se mueven hacia ella como el mecanismo para acabar con las crecientes desigualdades sociales: «si la población está descontenta por la gran diferencia entre pobres y ricos, demandará un nuevo sistema político que evite este hecho, y el único posible es la democracia».
Wei niega con la cabeza, con gesto apesadumbrado: «China lleva creciendo a una tasa superior al 10% desde hace 20 años, y todavía no se ha visto un avance importante en materia de Derechos Humanos. Creo que China sorprenderá al mundo una vez más, como ya lo ha hecho combinando comunismo político y capitalismo económico, inventando un nuevo sistema».
Ping y Changqing se quedan callados, su mirada pide una explicación de esa idea. Wei sonríe, levanta los hombros y replica con una sonrisa: «no lo sé, nadie sabe con certeza lo que sucederá en China». Los otros dos intelectuales asienten.
Sobre la juventud, que generalmente ha sido el motor de las grandes revoluciones opinan que «los jóvenes chinos sólo buscan dinero, dinero y dinero», afirma apesadumbrado Changqing. «Mientras puedan adquirir bienes de consumo, no pedirán reformas políticas».
A Ping se le ilumina el rostro. «pero todos sabemos que el crecimiento económico no durará para siempre, que llegarán los tiempos duros.» |