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TURBADORA APARIENCIA
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Antonio Álvarez Solís
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Por resultarme de tránsito inevitable pasé ayer por la madrileña Plaza de Colón mientras una turba de jóvenes, pintados abigarradamente y ondeando la bandera española con una decisión intranquilizadora gritaban ‘‘¡A por ellos, oé, oé!’’, con el mismo tono con que el Sr. Aznar había decidido someter a los vascones. No trato, líbreme Dios, de juzgar negativamente los alborozos juveniles, ya que en una época narcisista es absolutamente inevitable que la juventud trate de seguir a alguien carismático, como puede ser Raúl, el Niño del Atlético o cualquiera de esas personas que expresan el poder de la época. Además España siempre ha sido caudillista. Le gusta, sobre todo, el héroe guerrillero, que trata de ganar la paz provocando el desorden general. Por tanto, evitaré cualquier crítica de estos jóvenes que ocupaban Colón como si recuperaran la gloria perdida en el Gururgú. Sin embargo no puedo evitar, siempre que me veo rodeado por esta tropa vociferante, una aprensión profunda y un cierto temor a que las cosas acaben desgraciadamente. El forofo español no sólo se desborda para glorificar a sus compatriotas admirados sino que se guía por un espíritu agresivo proyectado hacia los que no son de su tribu o partida. No le cunde con ensalzar a los suyos sino que además, si es posible, pone en berlina a los ajenos a fin de completar su sed de justicia, que normalmente es provocada por los que son distintos, lo que los españoles llevan especialmente mal. Para el español lo distinto suele ser no sólo despreciable sino peligroso. Hay en todo ello un soterrado espíritu inquisitorial, que se manifiesta en cualquier ocasión, como en las fechas en que la selección española de fútbol jugó contra tunecinos y árabes. Los chicos de la Plaza de Colón contrajeron la faz, apretaron los dientes y agitaron puños y astiles para demostrar que no se trataba de marcar un gol más sino de reconstruir un imperio. Quizá todo esto me lo haya sugerido el miedo. |
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