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24-06-2006
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II República: intelectuales, sueños y diásporas
En vísperas del aniversario de la caída de la II República, el autor evoca el compromiso de miles de intelectuales, hombres y mujeres, con el sueño del cambio social, la libertad y la igualdad
Joseba Macías
Paradojas del destino, nos hemos ido hasta Venezuela para evocar el sueño de la transformación social y el compromiso intelectual ahora que se acerca el aniversario setenta del inicio de la guerra de 1936. Al silencio histórico, al ocultamiento sistemático de la entrega a tiempo completo de miles de hombres y mujeres que empeñaron sus vidas en la construcción de un mundo mejor, se une ahora el vacío oficial en un Estado español que trata de ignorar sistemáticamente una referencia esencial en su historia reciente. Y todo ello lo contaba en estas jornadas en el estado de Anzuategui, visto desde mi (nuestra) particular perspectiva de ciudadano vasco, léase histórico desafecto político y por extensión estético con esa otra España kitch, soez, rancia, inquisitorial y absolutamente lejana para muchos de nosotros y nosotras empeñados en hacer visible un país que no existe. Pero precisamente por eso, identificado (identificados-as) sin fisuras con ese otro Estado español crítico, plural en su heterogeneidad progresista y democrático en la completa acepción del término representado como nadie por esos hombres y mujeres a los que siempre hemos sentido absolutamente cerca, absolutamente dentro.

Lo contaba estos días en Venezuela ante un aforo lleno de viejos y nuevos republicanos: no hay que olvidar que en aquel 1936 había en el Estado español veinticuatro millones de habitantes y un adulto de cada tres era analfabeto, que provincias enteras de la penínusla Ibérica pertenecían a una sola familia o que los trabajadores y campesinos trabajaban una media de doscientos días al año para ganar dos o tres pesetas por catorce horas de trabajo mientras el pan, sólo el pan, ya costaba una peseta…

¿Cómo no imaginar entonces el compromiso de miles de intelectuales, hombres y mujeres, con el sueño del cambio social, con una República convertida en Frente Popular para contribuir a la libertad del ser humano, a la igualdad ante la ley, a la propiedad colectiva de los medios de producción, a los derechos de la mujer, a la enseñanza laica y socializada hasta la última aldea o a las reivindicaciones de las minorías nacionales? Todo un sueño que en 1936 alcanzó en el Estado español la virtualidad de lo real, la verdadera y tangible expansión del campo de lo posible…

Pero perdieron. Perdimos. La victoria del Ejército de Franco y sus generales y su Iglesia y su canesú y su Guardia Civil y sus fascistas y sus señoritos y sus paseos y sus aliados y sus miserias y sus tantas cosas, significarían tres años después, en 1939, no sólo la pérdida de la guerra sino la derrota colectiva de una de las generaciones más lúcidas, creativas e interesantes que ha tenido Europa a lo largo del siglo XX, un fenómeno por lo demás tristemente similar al que se viviría décadas después en el Cono Sur latinoamericano sin que hasta el día de hoy, en uno u otro caso (y hablemos, sí ,de víctimas), se haya realizado el necesario y sincero ejercicio completo de la depuración histórica de las verdaderas responsabilidades de la tragedia.

Muchos de esos intelectuales, lo sabemos, serían asesinados junto al pueblo en cunetas o cárceles o morirían en el exilio interno o el geográficamente cercano entre episodios periódicos (lo cuentan sus amigos de cabecera) de pena y nostalgia. Otros y otras, sin embargo, decidirían simplemente aplazar el sueño dirigiendo sus vidas a otros ámbitos, otros mares, otros lugares. Buscarían en esa América latina de los olores cercanos, las palabras hermanas y la solidaridad a flor de piel, la reconstrucción de sus vidas. Ellos y ellas lo comprobaron empíricamente década a década mientras soñaban con el regreso a una tierra liberada. No pudo ser en la mayoría de los casos, también lo sabemos, aunque siempre hubo una maleta de urgencia preparada con libros y jerseys, ahora pulóveres, por quién sabe. Y mientras tanto, un vendaval de abrazos en acción a ese otro lado del río. Preguntémosles si no a José Bergamín, a Luis Cernuda, a María Teresa León, a Jorge Guillén, a Rafael Alberti, a María Zambrano, a Pedro Salinas, a Margarita Xirgu, a Manuel Altolaguirre, a Ramón J. Sénder o a nuestros compatriotas José Irujo, Manuel Agirre, Astigarraga, Pedro de Basaldua, Jesús de Galíndez… O mejor, observemos detenidamente a Juan Ramón Jiménez paseando por las calles de La Habana o San Juan viendo la caída de la tarde onubense bajo el crisol de este nuevo mestizaje; o a Luis Buñuel bebiendo su insustituible "dry martini" en el Zócalo mientras escucha en una esquina el compás de los tambores de Calanda para agitar a sus nuevos-viejos olvidados; o a Pau Casals, quién sabe, llevando en su violoncello un pentagrama de gaviotas mediterráneas para intercambio ahora con los pájaros locales…

Más allá de las tragedias y las ausencias la mayoría de ellos y ellas se quedarán, se mezclarán, se cruzarán, se contaminarán de vida y nuevos sueños porque esta crónica de la resistencia y la dignidad se basa en un necesario proceso de retroalimentación de ternuras y compromisos, heredado después por sus hijos y sus nietos… Por eso ahora, cuando en esta Europa de la nada crecen las murallas de la impotencia y el miedo al otro y se vallan los mares y las esperanzas, conviene recordar estos otros tiempos tan lejanos, tan cercanos, en los que aquella vanguardia del compromiso (que conviene tener siempre al lado) nos enseñó a caminar y a caminar y también, claro, a caminar siguiendo los preceptos universales de la búsqueda de la utopía como referencia. Es nuestro homenaje necesario. Y el de nuestra memoria histórica, que va siempre con nosotros y nosotras por mucho que se empeñen en negarla, ocultarla o tergiversarla en días como éstos.
Histórica y emblemática fotografía de la II República.
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