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La vieja fórmula
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Iñaki González
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Los acontecimientos de las últimas semanas en el Próximo Oriente son casi un catón en el que aprender cómo se gesta una escalada militar. La crisis actual puede asentar el conflicto del próximo quinquenio. El pulso de baja intensidad entre dos gobiernos que se estrenan, el israelí del nuevo partido Kadima y el palestino de Hamas, ha ido en aumento en una especie de test de fuerza en el que las dos partes se han implicado por pura inercia. Hamas buscó medir el pulso al primer ministro Ehud Olmert con los secuestros y el líder israelí contestó con una vieja fórmula: una respuesta militar deliberadamente desproporcionada. La misma respuesta recibió la apertura del frente libanés por parte de Hizbulá y muy probables auspicios de Teherán, dispuesto a distender su propia crisis nuclear con la UE y Estados Unidos. La fórmula es reflejo de la doctrina disuasoria occidental en los primeros años de la guerra fría: la respuesta masiva, que sólo sostiene una superioridad militar reconocida por el enemigo, en aquel momento derivada del arma nuclear. Según eso, cualquier mínima escaramuza podía ser respondida con una brutal represalia nuclear. Entonces y ahora, el coste de vidas civiles no era una variable de contención para las partes. De hecho, el riesgo actual de acumular víctimas, más allá de su inmoralidad, es que ya no existe ese elemento para inhibir acciones extremas; la vida humana se deprecia cuanto más se consume. En la guerra fría, aquella fórmula fracasó tan pronto la URSS fue capaz de equilibrar la amenaza atómica. En Oriente Próximo la guerra es desequilibrada en sus costes y efectos por definición. Por eso, más brutalidad no le pondrá fin. |
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