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Hemos terminado setiembre inmersos en unas sesiones bursátiles vertiginosas. Tengo para mi que el cantante que nos bombardeó con aquel "Opá" el pasado verano no era consciente de que la palabrita iba a resultar la catalizadora del parqué español, porque este término, en su versión inacentuada y en su doble vertiente de realidades y rumores, ha aupado al Ibex 35 a máximos históricos, pero de verdad, no de esos que a veces se utilizan eufemísticamente. Creo que ha llegado el momento, al encontrarnos sin referentes de precios por arriba, de realizar alguna valoración sobre lo acontecido en las últimas sesiones. Todo el mundo conoce el "culebrón" de Endesa, que recientemente ha cumplido un año. Empezó con una oferta al accionista de 21 euros por cada título y a fecha de hoy estamos en 35 euros o lo que es lo mismo, un 75% más. ¿Alguno de ustedes cree en serio que la eléctrica, con su devenir empresarial, ha aumentado su valoración en tal porcentaje? Seguro que no, pero sigamos. A rebufo del interés desatado por la citada Endesa, el sector energético se ha vuelto loco, si me permiten la expresión, y ha sido colocado en el punto de mira de posibles compradores, sobre todo constructoras, que cumplen el doble requisito de tener el cajón lleno y de buscar negocios menos cíclicos que el ladrillo para diversificar su actividad, lo que ha llevado a algunas compañías tradicionalmente refugio del inversor conservador a unas valoraciones que son insostenibles a la vista de sus balances, tal es el caso de Iberdrola o Unión Fenosa. La avidez "opadora" se ha extendido a las inmobiliarias -Fadesa- y la rumorología a empresas como Repsol, Gas Natural, Sacyr, Metrovacesa... Se impone aclarar este círculo vicioso; el Ibex está en máximos porque unos pocos integrantes suben sin freno, aunque otros están en su sitio, lo que no quiere decir que ahora mismo la bolsa española esté cara por fundamentales. El riesgo es que los pequeños inversores que están dentro del huracán saldrán de él con un colchón tal que la plusvalía está asegurada, mientras que los que quieran coger el último tren pueden quedarse con las acciones a precios estratosféricos para los restos. Una cosa son las valoraciones políticas o corporativas, lo que está dispuesta a pagar una empresa por otra para su negocio a largo plazo, y otra las reales, lo que de verdad vale dicha empresa por sus beneficios. Este debe ser el referente para el accionista modesto; lo demás es jugar a la lotería y no invertir en Bolsa. |