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Javier Ortiz de Orruño muestra el tubérculo extraído con su maquinaria en Estavillo. Asier Bastida |
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Apuesta por el campo
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Tres jóvenes agricultores de araba relatan sus experiencias en un sector que se debilita por el relevo generacional Los niños de hoy en día ya no van a l pueblo a ver a sus abuelos porque muchos de ellos viven en la ciudad. El campo adolece de relevo generacional para su supervivencia. El futuro está en manos de los jóvenes que ven Bruselas no como un lugar de turismo, sino contra el que batallar por sus derechos.
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Marta Martín Fdez. Gasteiz
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Las frases «Antes está-bamos en nú-cleos rurales que ahora son residenciales» Txema Lz. de Abetxuko Ganadero Ollavarre«A las instituciones se les llena mucho la boca de agua» Javier Ortiz de Orruño Agricultor Aranguiz«Yo rechazaría todas las ayudas si los precios fuesen justos» Miguel Uriarte Ganadero Etura
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POCOS CIUDADANOS saben quien es el comisario Franz Fischler. Escasos son también aquellos que conocen que la tierra y el ganado están sometidos a las cuotas o producciones máximas marcadas por este secretario para la Agricultura de la Unión Europea. Es la Unión de Agricultores y Ganaderos de Araba -UAGA- la que de vez en cuando cuela en la mente del ciudadano aquello de la política agraria europea. Pero luego, la queja se esconde tras el silencio de las instituciones, a las que se reclama más apoyo desde el sector.
La vida en el campo ha mejorado de calidad, la maquinaria ha evolucionado desde tiempos de los abuelos para permitir al ganadero o agricultor disponer de más tiempo libre. Y eso que el campo no sabe de horarios. Sólo sabe de tiempos para plantar, recoger, ordeñar o si es mejor que salga el sol o llueva. Sin embargo, a pesar de que los avances también han llegado para hacer más veloz la producción de la materia prima, el relevo generacional en el sector se ahoga, se pierde. Apenas existen jóvenes -hoy se admite hasta quien tiene 45 años para serlo- para retomar lo que dejaron sus padres. Es la pescadilla que se muerde la cola porque son los propios jóvenes quienes asegura que sin una herencia previa no parece posible hoy en día asumir que la agricultura o la ganadería puede ser como un trabajo cualquiera.
Txema, Miguel o Javi son algunos de esos alfileres que sostienen el campo en Araba. Reconocen su dureza pero jamás lo cambiarían por una fábrica. «Eso nunca».
Supervivencia en el municipio de Ollávarre
TXEMA LOPEZ de Abetxuko es, como se suele decir, de toda la vida de Ollávarre. La historia de sus antepasados se liga a este municipio arabarra próximo a Nanclares de la Oca y a la ganadería. Junto a su hermana Blanca, heredó la explotación Riba-txenta hace dos años de sus padres y hoy cuenta con unas 180 cabezas, cien para la producción de leche y el resto de cría. «Te quedas por tradición, porque era de tus padres». A sus espaldas llevan ya horas de trabajo y muchos quebraderos de cabeza.
El bajo precio de la leche, el establecimiento de cuotas máximas de producción por parte de Europa, los controles sanitarios o el convertirse en "molestos" dentro de un núcleo antes rural y ahora residencial son sólo algunas de las preocupaciones que llenan su año de trabajo. El crecimiento del pueblo ejerce de presión para que Ribatxenta se desligue de Ollavarre. Y «eso no es justo», dice este joven ganadero de cuarenta años, que muestra orgulloso la cuadra donde residen magníficos ejemplares vacunos desde 1951. «En 1962 Franco creó la Ley de Actividades, con exención para el sector agrícola y ganadero. Ahora, los pueblos han ido creciendo y nosotros seguimos sin licencia», resume. Y sin esa regulación, Txema no percibe ayudas de la Diputación, sólo lo que en el campo se llaman las «limosnas» de Europa. «Ahora somos molestos, insalubres y peligrosos», se lamenta cuando, en realidad, agricultores y ganaderos alardean de su contribución al mantenimiento de la naturaleza. Porque ellos son, recuerda Txema, quienes se encargan, por ejemplo, de la limpieza de los montes. El lechero que recorre las pocas explotaciones que ya quedan en la Cuadrilla de Añana recuerda el centenar que llegó a contabilizar en tiempos mejores. Hoy, en Ollavarre, Txema y su familia trabajan cada día para que la suya no se extinga.
Heredero de una explotación en Aranguiz
JAVIER ORTIZ de Orruño tiene 33 años y lleva en el campo desde los 24. Lo más cerca que ha estado este joven natural de Aranguiz de una fábrica ha sido a través de la FP de metal que cursó en Jesús Obrero en Gasteiz y que dejó a sólo un año de su conclusión. «Me quedaron dos asignaturas y ya no volví», recuerda. Pero no se arrepiente en absoluto y reclama el cambio de imagen que se tiene del agricultor. «Hay que desterrar ya eso de que parece que vamos con la azada al hombro y no tenemos vida». Algo habrá cambiado cuando Javi se encarga de la extracción de patatas en una finca de Estavillo. Hace unos días estaba en Pangua, pero ahora se encarga de sacar para otros el tubérculo del que tanto presume Araba.
Sentado en su tractor arrastra un segundo remolque donde cuatro trabajadores eliminan las piedras de las patatas que recoge la imponente máquina y suben hasta ellos a través de una cinta. Pero él también tiene su propia explotación de patata y remolacha. Y tiene muy claro donde está el futuro del campo: en una explotación sostenible que alterne diversos cultivos o en dedicar la tierra a producir cultivos energéticos, como colza o remolacha.
La influencia de los países pobres obliga a los agricultores arabarras a recapacitar sobre su futuro habida cuenta de que, por ejemplo, hace tres años el precio de la patata ya bajó a ocho pesetas el kilo. Hoy, está a trece. «Hay un 800% de diferencia entre lo que le cuesta al agricultor y lo que le llega al consumidor», dice. Tampoco parece presentar un mejor panorama el cereal, que «va camino de desaparecer» ya que hace quince años se pagaba 35 pesetas el kilo, mientras este año su coste ha bajado a veinte. Y eso que los agricultores también reciben ayudas puntuales para sobrevivir.
«Sin ellas, el campo no aguantaría». Javi comienza su jornada laboral a las ocho y media de la mañana. Ahora, la recogida de patata le reclama hasta los fines de semana, aunque en otras épocas del año su trabajo no se vuelve tan esclavo. Por eso, no falta el rato para salir con los amigos o ir de cena con su mujer. Tampoco para asistir a algún partido del Alavés. Bueno, este año forma parte de los más de seis mil socios que han retirado su apoyo a Dmitry Piterman por su actitud durante el año pasado. «El campo es duro, pero no como la gente se cree. Es como un trabajo cualquiera». Y el no lo cambiaría por otro.
El relevo generacional de la ganadería en Etura
MIGUEL URIARTE y su hermano son de Etura, una pequeña localidad de apenas 35 habitantes de la Cuadrilla de Agurain. Ambos han decidido permanecer en su pueblo -cercano al conocido castillo de Guevara- para sacar adelante la explotación ganadera que han heredado de sus padres. Miguel lleva desde hace diez años trabajando en la ganadería y hoy con 28 asume que tiene por delante un duro futuro de trabajo. Pero no le importa porque, más que gustarle, su dedicación le apasiona. Y rechaza que esa entrega sea confundida con ser un esclavo. «Aquí no tienes que rendir cuentas a nadie. Tu eres tu propio jefe y el que marca el ritmo». Los hermanos Uriarte lograron la licencia de actividad hace unos años, cuando instalaron su explotación en los límites de Etura. Superado el trámite, para Miguel el principal problema con el que se enfrenta un joven agricultor o ganadero es la política de precios. «Un café cuesta un euro en los bares y a nosotros nos dan 0,30 pesetas por litro. No es lógico», critica. A pesar de su juventud, ya sabe de sobra que es Europa la que marca las directrices y lamenta que «no haya una apuesta política decidida» por el campo, ni en lo que se refiere a los precios ni tampoco en favorecer la entrada de jóvenes al mismo. Sobre las subvenciones, asegura que las rechazaría si los precios «fuesen justos», reflejasen lo que cuesta el trabajo de conseguir un litro de leche. Porque su jornada comienza a las siete y media de la mañana y, con paradas puntuales, no finaliza hasta las nueve de la noche. Y los ganaderos siguen cobrando igual que hace quince años, lo que no es sostenible.
Posee 120 cabezas de las que sesenta son vacas de ordeño. Una vez cada dos días, pasa el camión de la recogida que el realiza en dos ocasiones cada jornada. Además, hay que darles de comer y controlar que no enfermen. Pero eso no evita que, como todo joven, también tenga su momento de esparcimiento y que vaya a Gasteiz a divertirse los fines de semana que puede o a algún partido del Baskonia. Eso sí, por el momento sólo tiene una semana de vacaciones al año, aunque es el sacrificio al que se ve sometido todo aquel que inicia un negocio propio. En uno como este, dice, sino tienes herencia no hay posibilidad, es prácticamente «inviable». El y su hermano están decididos a sacar adelante la oportunidad que les ha brindado su padre. «Yo veo el futuro con optimismo, tal vez porque sea joven, no lo sé. Pero jamás cambiaría esto por una fábrica».
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| Txema Lopez de Abetxuko, en su tractor. Asier Bastida |
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| Miguel Uriarte vigila sus vacas en Etura Asier Bastida |
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