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01-10-2006
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El legado del colonialismo europeo en África
Josu Montalbán
He oído a un tertuliano de nuestra televisión que los negros que llegan a nuestras costas deben ser trasladados inmediatamente a África porque «son responsables exclusivos de su situación de pobreza». Y lo justificó llamándoles cobardes y desidiosos por no haber luchado resueltamente contra la corrupción que asola sus países, dirigida y protagonizada por sátrapas y gobiernos totalitarios. Auxiliado por otra tertuliana que esgrimía que no se puede desarrollar ningún programa de ayuda humanitaria porque los dirigentes corruptos impiden la llegada a su destino, el tertuliano se permitió una broma macabra al afirmar que lo que está ocurriendo en África es una auténtica «merienda de negros». ¿No es de un atrevimiento obsceno culpabilizar exclusivamente a las auténticas víctimas de la injusticia, de la propia injusticia? La Historia de África es larga y complicada, tan larga como el tiempo, pero el anecdotario y la lectura de los hechos trascendentales que han motivado la situación actual no puede sustraerse al papel que ha jugado la esclavitud que esquilmó a los pueblos africanos llevando a sus hombres y mujeres más "útiles" a trabajar y servir en las sociedades desarrolladas, ni al papel que ha jugado el colonialismo apropiándose de los recursos naturales, desnaturalizando las estructuras sociales y culturales africanas y abandonando los despojos en manos de pseudomilitares, cuando no caníbales.

Esto que parece tan viejo y alejado en el tiempo ocurrió hace sólo unos años. Basta con decir que entre 1956 y 1961 alcanzaron la independencia más de la mitad de las antiguas colonias del continente. La historia de la colonización tiene su precedente en las primeras exploraciones, dirigidas por aventureros y navegantes europeos, de las costas occidentales de África, estimuladas por la búsqueda de las nuevas rutas hacia Asia. Hasta el siglo XIX no se generalizaron las colonias del interior. De este modo, el Reino Unido ocupó una gran franja desde Egipto hasta Sudáfrica así como algunas zonas del golfo de Guinea; Francia se asentó en el África noroccidental y ecuatorial así como en Madagascar; Portugal lo hizo en Angola, Mozambique, Guinea y algunas islas estratégicas; Alemania en Togo, Tanganica y Camerún; Bélgica en el Congo; Italia en Libia, Etiopía y Somalia; y España en Marruecos, Sahara y Guinea. La voluntad de tutelar África y adueñarse de sus riquezas fue evidente, tuvo su colofón en 1885 cuando la Conferencia de Berlín se estableció el principio de la ocupación efectiva como forma legitimadora de la ocupación de colonias. ¿Tenemos derecho nosotros a rechazar ahora la colonización pacífica a que nos someten?

La aún reciente independencia de aquellas colonias ha tenido lugar hace sólo cincuenta años. Y se hizo de forma tan arbitraria, que puso en evidencia todas las miserias y egoísmos en que se fundamentó la colonización. Se produjeron grandes problemas de integración nacional como consecuencia de fronteras implantadas por caprichos que obedecían a los intereses especulativos de los colonizadores. Faltos de unas estructuras geopolíticas y sociales firmes, quedaron patentes importantes déficits estructurales: la población empezó a crecer a ritmos mucho más acelerados que la producción de alimentos. Surgieron importantes brotes bélicos como consecuencia de la separación arbitraria de pueblos por las fronteras mal dibujadas. La lógica dependencia económica y política con respecto a las antiguas metrópolis y la mala administración ejercida por los gobiernos han sido también obstáculos importantes para el desarrollo del continente. A todo esto hay que añadir la abundancia de gobernantes de carácter militar y de corte dictatorial en cuyas manos cayó la mayoría de África. ¿Qué responsabilidad tuvieron las naciones europeas colonizadoras en todo ello? No es lógico poner la descolonización como un ejemplo de la lucha por la libertad de los pueblos y los estados africanos porque, si bien la Conferencia de Berlín reguló e intentó legitimar la colonización, la descolonización no se regularizó ni se planificó en ninguna conferencia, más bien obedeció a una desbandada sin orden ni concierto, como si alguien hubiera dictado la escapada al grito de "el último, puchi".

Cada proceso de independencia adoleció de alguna característica adversa. Los países colonizadores iban abandonando los territorios, si bien dejando al frente de los gobiernos a compinches, con poca preparación política y administrativa en la mayoría de los casos, que fueran fieles a la consigna de favorecer intereses de empresas y organizaciones afines a los colonizadores retirados. En muy pocos casos hubo procesos independentistas sin condiciones previas y, en algunos casos, se produjeron conflictos bélicos que llevaron a auténticos genocidios. Tal se produjo, por ejemplo, en Kenia. En Rhodesia del Sur y Sudáfrica la independencia proclamada por colonos blancos propició bastantes años de apartheid y mucha sangre derramada. La desestabilización de Argelia fue consecuencia, entre otras cosas, del intento de Francia de mantener su supremacía en un lugar estratégico del norte de África. Las condiciones que Francia pretendió imponer a sus ex colonias motivaron también tensión y conflictos, por ejemplo, en Somalia. Algo semejante cabe subrayar en el Congo belga, donde se produjeron importantes enfrentamientos étnicos y la secesión de Kananga, que obligaron a la intervención de la ONU. Resulta curioso que fuera la implantación de una multinacional (tras el asesinato de Lumumba) para la explotación de recursos minerales el acicate más importante para la posterior pacificación. No debe ser pasado por alto el conflicto aún presente en el Sahara Occidental, donde el Frente Polisario proclamó por su cuenta la República Árabe Democrática Saharaui.

El poscolonialismo se caracterizó por la inestabilidad política, la fragmentación social y el subdesarrollo económico. De todo esto también huyen los inmigrantes subsaharianos. Quienes les recibimos aquí somos los herederos de quienes les infligieron el brutal castigo de la colonización desordenada hasta hace solo 50 años. ¿Tenemos derecho los españoles a cerrar nuestras puertas a cal y canto a quienes fueron igualmente españoles hasta hace bien poco? ¿Tenemos derecho los europeos ricos a abandonar a su suerte a quienes hasta hace 50 años eran súbditos europeos? Gran parte de lo que nos ha hecho ricos fue producido en las tierras pobres de las que huyen los inmigrantes que llegan a nuestros dominios.
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