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Uno de los actos de la obra de Sorozábal, ‘‘Adiós a la bohemia’’. |
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‘‘Adiós a la bohemia’’ y ‘‘Black, el payaso’’
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Un Sorozábal muy teatral en el Arriaga
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J. A. Z.
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Dos obras de Pablo Sorozábal, de muy distinto carácter, se han representado este fin de semana en el teatro Arriaga: ‘‘Adiós a la bohemia’’ y ‘‘Black, el payaso’’.
La dirección teatral de Mario Gas y el montaje escénico de ‘‘Adiós a la bohemia’’ resultan muy acordes con el libreto, más acertado en el fondo que en la forma, de Pío Baroja. La rigurosa disposición de los elementos humanos en una escena de mínimo movimiento y la parca pero justa distribución de luz en una penumbrosa estancia confiere carácter a la obra. La partitura de Sorozábal, quien alguna vez calificó esta obra suya como pequeña ópera (lo que no parece ajustado), va muy inmersa en el relato barojiano. Ambos optan aquí por un realismo fuera de toda extorsión romántica, envolviendo el fondo trágico en una normal cotidianidad, por más que el personaje ‘‘Trini’’ aluda antes de su despedida al Viaducto madrileño, es decir, al suicidio.
Muy cuidada dirección musical la de Manuel Gas, a la que la Bilbao Philarmonia Orkestra respondió con claro y expresivo sonido en esta primera zarzuela. El carácter más variado de la partitura de ‘‘Black, el payaso’’, sembrada de números de estilos diferentes, llevaría luego al foso a mostrar coloridos más diversos, como es natural.
Interpretación aceptable, en general, la de los cantantes y coros, sobre todo el femenino. El inicio y final del ‘‘Vagabundo’’ Iñaki Fresán aportan solidez a la obra. Al protagonista Javier Galán se le notaría más completo luego como ‘‘Black’’ que en este primer ‘‘Ramón’’, tanto en el plano musical como en el teatral, lo que demuestra que se ajusta mejor a aquél personaje. María Rey-Joly, la ‘‘Trini’’, tuvo momentos de buena y sentida interpretación, aunque quizá falte una mayor uniformidad en su canto. El resto, bien caracterizado. A destacar la labor del violinista y pianista en escena.
En ‘‘Black, el payaso’’, contrastan su movilidad, variedad y color escénico con la obligada sobriedad de la obra precedente, así como su partitura, que incluye desde temas eslavos, hasta de show-music (como es natural, tratándose de circo) dentro de la música teatral, con números también de diversa estructura.
La inteligente dirección escénica de Ignacio García combina la brillantez del espectáculo visual con una narración de ritmo bien pulsado. Todo ello, bien atado a la ajustada dirección musical de Manuel Gas y la buena labor orquestal. La inclusión de un narrador, Tomás Pozzi, con papel de ‘‘Director de Circo’’, confiere una mayor fluidez al paso teatral.
Como se ha dicho más arriba, el hacer de Javier Galán como ‘‘Black’’ es aquí más destacado que en ‘‘Luces de bohemia’’, tanto como cantante como actor (hasta con saltos casi acrobáticos). Voz de grato sonido, con buenos accesos al agudo. Asimismo, cumple bien su papel Enrique Baquerizo, como ‘‘White’’. Menor presencia musical, aunque sí fuerza escénica, la de Beatriz Díaz, quien en sus dúos con Galán queda en muy segundo plano (en los unísonos ni se le oye). En José Manuel Montero, ‘‘Carlos Dupont’’, se aprecia una voz con timbre grato, aunque en la romanza que canta al aparecer en escena hubo emisiones de poca claridad así como en la famosa canción ‘‘Deja la guadaña, segador’’ no podría definirse bien la nota que enmarca el agudo final.
Cumple bien el resto, en el que puede también destacarse el sello de Silvia Luchetti, como ‘‘Catalina’’, en su dúo cómico con Tony Cruz, ‘‘Marat’’. Mágica, la iluminación de Paco Ariza, que crea verdadera arquitectura, diversas estancias, en el escenario. |
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