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ocurrió hace años y fue un trauma. Marcó un antes y un después en mi biografía y un mojón en mi autoestima. Caminaba por La Salvaje con la barriga mal planchada cuando vi que venían hacia mí dos chicas. Metí aún más la tripa -recordaba a la Obregón en un posado-, establecí un juego de miradas, sonreí y esperé el cortejo. Una de ellas se acercó -¡qué nervios!- y me preguntó: "Señor, ¿tiene usted hora?". Era evidente que yo, en bañador, no llevaba reloj, lo cual aclaró el despropósito: habían sido enviadas por Etxebide o el Euskobarómetro para avisarme, con el abandono del tuteo, de que yo ya no pertenecía a La Juventud. En adelante no podría decir, como Ramoncín, "nosotros, los jóvenes". Les endilgo el chisme para advertir de que el artículo llega contaminado por esa enfermedad tan propia de la treintena: una cierta intolerancia hacia los excesos de los adolescentes que tal vez no sea sino sea pura envidia a posteriori. Entre los txikiteros del Casco Viejo hay algo que aun a riesgo de ser fascistas corre de boca en boca: menudo despendole el de la chavalería, cómo beben y ligan esos criajos. En la edad del pavo no paran de echar la pava. El sentido común y la autocensura impiden expresarnos como Torrente -"las visten como putas"-, pero permítase al menos manifestar asombro ante esas minifaldas tamaño lazo, esos tangas o hilos dentales al descubierto, esos escotes de puenting, esas botas de cuplé y esos top minimalistas. Ellos gastan peinado tipo cenicero, lucen chándales imposibles y muestran los gayumbos a lo Eminem. Y, créanme, no hablo en plan voyeur vicioso que hace guardia en el botellón o como un Premio Cervantes que escribe de ninfas con una sola mano. Lo hago temblando en la cuerda floja de la corrección política. Pues no es sencillo tratar el asunto sin que un progenitor susceptible se moleste. Asusta la precocidad de esos niños de la guerra del ocio. Se pasan cubitos de morro a morro, se limpian las encías en los soportales de la Ribera, se buscan las carnes en un lugar tan recóndito como el puente de la Merced, se lamentan beodos entre lagrimones de que "el Gaizka no me quiere" o "la Nekane me ha dejado por Eneko". En fin, releo y me hago cargo: estoy hecho un patético carroza, un dictador carca en potencia. Pero no soy el único. Un colega ha tenido una hija y cuando asiste al espectáculo sabatino de Barrenkale olvida que ayer fue progre: "Yo a la mía la meto interna en Izarra". Y usted, lector, no se preocupe. Sus hijos a esa hora están dormidos. O estudiando en casa de un amigo. |