Un cielo de plomo, del que cuelgan, como hilos, dos pálidos rayos de sol, cubre la mañana en la localidad navarra de Lorca. «Vamos hombre, que perecéis Barbies, "Barbies Camino"». La pequeña plaza del pueblo, antes dormida, se ha llenado de ajetreo. Risas, voces, bromas... Ni un respiro al sosiego.
Uno no puede alcanzar a imaginar la sonrisa de un preso. Piensa, por lógica, que no ha de encontrar muchas razones para ver la cara amable de la vida. ¡Para qué sonreír entonces! Por eso, resulta difícil de creer que trece de las veintiún personas que llenan las calles de algarabía sean reclusos de la prisión alavesa de Langraiz.
Txarly Martínez de Bujanda, capellán de la prisión, es el verdadero artífice de la iniciativa que, por quinto año consecutivo, permite a los reclusos abandonar las cuatro paredes en las que residen todo el año y cubrir seis etapas del Camino de Santiago. Desde Lorca hasta Santo Domingo de la Calzada.
Txarly reúne al inquieto rebaño frente a la iglesia del pueblo. Vuelve el silencio. Habla Txema, el jurista. Voz de templo. Les explica su situación. Tienen la oportunidad de estar allí por el artículo ciento y algo de alguna normativa. Queda más o menos claro. Luego amenaza: «Como se os ocurra escaparos os mato, pero de manera literal». Más claro aún. Guadaña socarrona para los aires de libertad. Acicate para más bromas. Como niños en su primer día en las barracas. Nerviosos. Iluminados por los dos rayos. Algo menos presos.
Un bocadillo, un poco de agua, un "golpe" a la bota de vino y listos para salir. Alguien grita: ¡Faltan las navajas! Más cachondeo. Parten.
Veintiún personas de diferentes nacionalidades, culturas, razas y religiones dan el primer paso y en veinte metros se vuelven del mismo color. Dice Joaquín Sabina en una de las entrevistas que esculpen su última biografía que aunque todos aquellos que han tomado alguna vez partido por una u otra causa se nieguen a reconocerlo, existe un mundo que no es negro ni blanco, sino gris. "Una tierra donde se funden todos los colores", explica el artista. Ese lugar se debe de parecer mucho al estrecho camino por el que avanzan, en fila de a uno, y ahora en silencio, los veintiuno.
Cada paso, cada golpe de las pesadas botas sobre las piedras, es una pregunta. Siempre la misma. Vueltas y vueltas sobre el mismo tema. Reclusos en libertad. Paradoja cruel. Mucho. Sólo llevan unas horas fuera del centro y no se centran en lo que significa estar fuera. Piden permiso para mear, para telefonear, para pararse un momento. Como en la cárcel. Fuera pero dentro. «Muchas veces hay que recordarles que se olviden de su tema, que tienen que disfrutar, que aprovechen estos días», explica Txarly.
El grupo compuesto por los trece presos; un jurista, una psicóloga y un jefe de servicios de Langraiz, y cuatro voluntarios, se dispersa con los primeros pasos.
Uno de los reclusos que camina en el último vagón se ha percatado del torpe caminar sobre las piedras del periodista que le acompaña. «Ten cuidado no vayas a tropezar», le advierte. ¡Qué ironía¡ Luego, se presenta. Nícolas. De Ghana. 41 años. Un anhelo: volver a ser libre. «La libertad es importante; lo más importante». Sus palabras brotan claras en un torpe castellano. Lleva diez años en el Estado, casi la mitad de ellos en prisión, «por un tropezón estúpido». El tráfico de drogas se lo dio todo: dinero, coches, casa... vida fácil. Pero cuando le pillaron su castillo de naipes se desmoronó y sólo le quedó una carta en pie. «Perdí todo menos la vida. Ahora, sólo quiero volver a empezar. ¿Sabes? Soy soldador, pero ahora tengo que tratar de recuperar todo lo que aprendí en Ghana para empezar a trabajar. Voy a casarme y a tener mi propia familia aquí, en Euskadi», dice convencido.
La primera etapa del camino corre ágil. El desperdigado grupo deja atrás Villatuerta y en poco más de dos horas se planta ante la Iglesia del Santo Sepulcro, en las puertas de Lizarra. Reagrupamiento frente al albergue. Gotas de sudor sobre todos los rostros menos en uno. «En Uruguay no sudamos, transpiramos», dice un interno uruguayo al que comparan con Dios. «Sólo hay una pequeña diferencia entre ellos; Dios está en todos los sitios y Raúl ya ha estado», explica alguien. Ahora, Raúl, está a medio camino de Santo Domingo de la Calzada y cuando llegué allí quizá haya hecho otro medio camino para volver a la libertad. Donde ya estuvo, claro, no hace mucho. |