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Gorduras que nunca pasan hambre
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Oscar Subijana
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A MUCHAS personas nos sobran algunos kilos. Tenemos, como muchos otros seres humanos, cierta pelea con los agujeros del cinturón. Es una confesión con vergüenza porque acaba de conmemorarse el "Día Internacional del Hambre por Obligación" y estamos inmersos en la marea de la "Semana Contra la Pobreza por Obligación". El añadido "por obligación" es del autor. Pero la idea de la irreversibilidad que subyace tras la reflexión sobre el hambre mundial creo que es compartida por la mayoría de los lectores. ¿Acaso nacer en cualquiera de los países del África subsahariana es sinónimo de pasar hambre? ¿El color de la piel coincide cruelmente con no tener nada que llevarse a la boca? Los agujeros del cinturón nos alertan todas las mañanas sobre el desfase alimenticio de la noche anterior. Comer bien, cenar, mejor, beber bien, siempre. La cultura de la opulencia. Ya pasaron hambre nuestros abuelos en la guerra, que no se vuelva a producir. Razonamientos para alejarnos de aquellos espejos que nos reflejan nuestros excesos en los que el pensamiento solidario no existe. Nacer en África y pasar hambre es un "razonamiento-pareja de hecho". Conceptos que van unidos a todas partes. Sin embargo, muchos de los países más pobres tienen recursos naturales que les permitirían vivir de otra manera. Lo lamentable es que son los países ricos los que mal-gestionan, despilfarran, y esquilman los subsuelos de los más pobres. Sin recato, sin pensamientos impuros. «Tú eres pobre y vas a serlo siempre porque yo lo quiero». Es el razonamiento de las grandes potencias. Y de solidaridad sólo entendemos cuando nos colocan las imágenes de un niño famélico en la televisión a la hora de comer. |
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