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Euskadi en la plaza mayor
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Ángel Glez. Malaxetxebarria
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Tras visitar la exhibición sobre Euskal Herria que Turismo del Gobierno vasco habilitó en Madrid, el autor critica la desigual presencia de los herrialdes vascos
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Regreso de Madrid decepcionado y de mal humor. Por la mañana, en el pueblo "de cercanías" donde resido, cuando no me encuentro al otro lado del Atlántico, escuché por televisión a la que creo que es consejera de Turismo de nuestro Gobierno cuando era entrevistada en la inauguración de una exhibición turística vasca en la Plaza Mayor de la Villa y Corte. Se trata de ofrecer, a los serranos locales, un adelanto de lo mucho que tiene Euskadi: artículos, comestibles, productos agrarios, folclore y paisajes turísticos, y hasta un morrosko levantador de piedras. Y así estimularles a que vengan a visitarnos "in situ". Me fui para allá con la idea de encontrarme en mi salsa.
Lo que vi, cuando llegué a las dos y diez de la tarde, fue media docena de kioskos -literalmente perdidos en la inmensidad de la plaza rebosante de bares y terrazas- a los pies de una estatua de un señor a caballo, que presumo representa a alguno de los Austrias españoles. En uno vendían figuras de madera, en otro charcutería diversa, en el de más allá calzado; por aquí una taberna y por allá una oficina de turismo. Veo los posters. Son paisajes campestres guipuzcoanos. «¿Y el Anboto, el Gorbea?», pregunto. Me responde la chica: «No hay». «¿No tendrás alguno de mi pueblo, que es uno de los más pintorescos de Euskadi?». Le digo el nombre. «Pues no». «¿Y de Ondarroa, Lekeitio, Elantxobe, Mundaka, Gernika, Bermeo, Bakio y San Juan de Gaztelugatxe, Plentzia, Orduña,...?». Nones. Insisto: «¿De verdad que no tenéis nada de Gernika?». Y me responde: «Vea, lo que pasa es que teníamos un libro con todos los nombres de los pueblos… pero no lo han traído». Cambio de kiosko. «¿Y estas alubias y la morcilla?». «Son de Araba». «Y el vino, de La Rioja nuestra», apostillo yo. «¿Y no tenéis una muestra de las alubias de Busturia o del chorizo de caserío de los del mercado de Gernika?». «Pues no». Continúo la ruta: «¿Esta botella de txakoli?». «Ederra! Es de Getaria». «¿Y no tienes ningún Bizkaiko Txakolina?». «No». Me acerco a la taberna y pido tres pinchos. Nada del otro mundo. Cualquier bar de la Siete Calles les da mil vueltas.
Son las dos y media y me falta por visitar algún kiosko más. Paso de nuevo frente al stand turístico y la simpática chica que me había atendido, y todavía atribulada por no haberme podido complacer, me entrega ufana un póster: «Mire, lo acabo de encontrar. ¡Es de San Juan de Gaztelugatxe!». (Por cierto, yo lo había visitado una semana antes, con mi abogado de Gernika actuando de cicerone). Pero, qué desgracia. La foto está tomada desde un kilómetro de distancia y sólo se perfilan las peñas en lontananza borrosa. ¡Esa foto hay que tomarla de frente, para que se vean las escaleras de piedra y la maravillosa ermita! De repente observo que los encargados de los kioskos comienzan a cerrarlos. La poca gente de alrededor, se mira asombrada. «Es que las dos y media son, y hay que ir a comer. Volvemos a las cuatro y media», nos advierte una de las "expositoras".
Miro un poco adelante y veo un enjambre de gente. Me acerco y me quedo contemplando a una cuadrilla de negros brasileños bailando la "capoeira". Los he visto muchas veces en su lugar de origen: San Salvador da Bahía de Todos os Santos, la capital histórica del fabuloso Brasil, en parto electoral estos días. Gracias a ellos no consideré perdido el viaje.
Este mensaje testimonial turístico tiene destinatarios obvios en las autoridades del ramo vizcainas y en las de Gasteiz. Que lo recojan. |
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