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11-11-2006
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La atalaya sobre los tejados y el puerto ofrece una vista impresionante. Fotos Carmen Cespedosa
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El secreto del Papa Luna
Presidida por su monumental fortaleza, Peñíscola se adentra en el Mediterráneo con la herencia cultural de Fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos y árabes. Aunque fue un cristiano, el papa luna, quien le dio su fama universal
Enrique Sancho
Cuenta la leyenda que cuando el Papa Benedicto XIII quiso huir de su fortaleza en Peñíscola, tuvo que esculpir él mismo en una noche una escalera en la piedra que le permitiese acceder al mar. Cuenta la leyenda que el precio de tan descomunal esfuerzo fue la pérdida de su anillo papal, una valiosa joya que cayó al mar y que nadie ha logrado encontrar desde entonces.

Cuenta la leyenda, también, que aún más buscado que el anillo fue el llamado Códice Imperial, un enigmático pergamino escrito por el emperador Constantino, tan sagrado como prohibido, que sólo podían hojear los pontífices y sus más allegados cancilleres, dada su vital trascendencia para la perpetuación de la Iglesia y que en aquellos turbulentos tiempos era deseado por tres cortes papales.

Se dice que en ese controvertido papiro, guardado en una cánula de oro, se revelaba un enigma que helaba la sangre de cuantos lo leían, haciendo vacilar su fe, motivo por el cual los papas lo habían custodiado en el más completo secreto desde los inicios del cristianismo. En vida del Papa Luna y tras su muerte, diversos emisarios de los distintos papas que en aquellos convulsos años compitieron por la tiara de Pedro -Bonifacio IX, Inocencio VII, Gregorio XII, Alejandro V, Juan XXIII y Martín V- trataron de hacerse con el códice, pero ninguno lo consiguió.

El códice misterioso

Fueron inútiles las búsquedas del Códice Imperial por todos los rincones de la atalaya de Peñíscola, por la iglesia y el sepulcro, por los recónditos aposentos del castillo, las galerías subterráneas, la ermita de la Virgen y la ‘‘turris papae’’ donde Benedicto escribía sus tratados. Tampoco lo encontraron en su bien nutrida biblioteca donde se amontonaban obras de Ovidio, Averroes, santo Tomás, Petrarca, Séneca, Maimónides o Aristóteles. Su desaparición pasó a formar parte de los misterios y secretos que envolvieron la vida de este Papa maño que acuñó la frase que mejor expresa su tozudez: «yo sigo en mis trece».

Cuando hoy, seiscientos años después, se recorren esos mismos pasillos y salas, se sube a sus espléndidos torreones, se sortean escaleras y almenas, se contempla el permanente juego de luces y sombras del castillo papal de Peñíscola, se llega a la conclusión de que en este escenario cualquier secreto, cualquier misterio, incluso los inventados, tienen aquí cabida.

Porque este enorme peñón de roca que se alza imponente sobre el Mediterráneo parece hecho a la medida de los sueños. Esta ‘‘acrópolis espiritual y guerrera’’ como la llamó Fernando Chueca, este ‘‘arca de Noé’’ como solía denominarla el propio Pedro de Luna rezuma entre sus piedras su inicial inspiración musulmana y, sobre todo, el místico carácter templario con toda la carga esotérica que, con frecuencia, se achaca a los monjes guerreros de la Orden del Temple. Se dice que los templarios tenían constancia de enclaves naturales donde el cruce de corrientes de energía bio-magnética afectaba a la hipófisis, justo en la base del cráneo, dando lugar a estados alterados de conciencia, percepciones extra-sensoriales y todo tipo de fenómenos paranormales. Y que uno de estos lugares, no elegido al azar, es el castillo de Peñíscola.

Una conjetura que queda avalada, según explica Juan Simó Castillo en su obra El Castillo Templario, en mensajes cabalísticos e iniciáticos como ‘‘la alternancia de hiladas de sillares blancos y grises de la bóveda del salón gótico, las jambas de la entrada de la capilla, la advocación de la capilla a la Virgen María y a los Tres Reyes Magos de Oriente’’.

Sea como fuere, se crea o no en símbolos o misterios, Peñíscola emite un aura especial que subyuga al visitante de hoy como lo hizo a sus habitantes durante siglos. ¿Y cómo no sentirse sorprendido cuando junto al castillo se oye ‘‘respirar’’ al mar en los días de temporal en la brecha prodigio de El Bufador, o cuando a poca distancia de sus murallas mar adentro puede beberse agua dulce a centímetros de la salada en la llamada Torre Badum, lugar en el que emergen del fondo del mar numerosos manantiales de agua purísima?

Con la carga fantástica que rodea a la fortaleza de Peñíscola, no es raro que de ella saliera el mismísimo Cid Campeador para ganar su última batalla a los moros después de muerto, según recreó Anthony Mann en su célebre película con Charlton Heston en el papel del inmortal cadáver.
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