En Ankara se va notando ya un cierto olvido del discurso del Papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona en un ambiente totalmente distinto en que la ciencia no incide en los individuos y pasa sobre ellos sin roces a la universalidad. El primer ministro turco, Tayyip Erdogan, ha logrado ver en Benedicto XVI «un hombre de paz» y ha interpretado a su modo, aunque no de un modo exactamente igual, el deseo del Pontífice de que Turquía llegue un día a ser miembro de todo derecho de la Unión Europea. Se comprende que a un primer ministro de Turquía se le haga imposible comprender que un líder religioso y jefe de Estado católico pueda desear ver a Turquía como miembro de la UE y no sea capaz de imponerlo así a su voluntad. Y es que la libertad dispone de otros caminos más misteriosos que ni la autoridad religiosa puede dominar.
Ni el presidente del país, Ahmed Necdet Sezer, ni el primer ministro Erdogan, ni el encargado de las instituciones de fe en Turquía, Ali Bardakoglu, son capaces de entender que un Papa quiera dejar de intervenir en el asunto de pertenencia o no de Turquía a la Unión Europea. Que no siempre haya sido así en la historia no quiere decir que el hombre, por muy religioso que sea, pueda distinguir entre su fe en Dios y su relación con los hombres, de la misma categoría que él mismo.
Ni cuando en la Universidad de Ratisbona aludió a Mahoma como a un apóstol de la extensión de la fe por la espada en algún caso concreto, ni cuando ahora proclama a Turquía como «puente entre culturas» tienen sus palabras más valor que el de unos valores relativos de un juicio histórico tan falible o tan cierto en uno como en otro caso.Es bastante normal que en un país como Turquía, que desde la muerte de Ataturk cuyo Mausoleo no ha querido dejar de visitar, el extremismo va tomando de nuevo las riendas del poder en la calle, y la religión se vaya identificando con el poder, pero la visita actual del Papa Benedicto XVI puede hacer penetrar la realidad de una religión que sabe también separarse del poder. |