El referéndum sobre la reforma de la Constitución gibraltareña despertó ayer poco entusiasmo, cuando no indiferencia, entre los habitantes del Peñón, donde la vida continuó como un día cualquiera, con su larga cola de coches ante la verja y decenas de personas comprando -libres de impuestos- en la calle Real. El ministro principal de la colonia, Peter Caruana, y el líder de la oposición, Joe Bossano, no tardaron en votar después de abrirse las doce mesas electorales dispuestas para esta consulta, pero su interés por las urnas no parecía contagiarse al resto de los gibraltareños.
De hecho, a lo largo de todo el día el índice de participación de los 20.000 ‘‘llanitos’’ con derecho a voto se situaba en la mitad de las cifras registradas en el referéndum organizado en 2002, cuando los gibraltareños votaron de forma abrumadora en contra de una cosoberanía hispano-británica sobre el Peñón. La reforma de la Constitución de 1969, que pretende otorgar mayor autonomía al Gobierno gibraltareño y limitar el poder del gobernador nombrado por la corona británica, suscitó poco debate y menos agitación.
Sin apenas carteles ni ningún otro tipo de parafernalia electoral, tan sólo una furgoneta de una pequeña formación política que por sus altavoces pedía el ‘‘no’’ para el referéndum del nuevo texto constitucional recordaba a los habitantes del Peñón que las mesas seguían abiertas hasta las diez de la noche.
Hace cuatro años, Madrid y Londres estuvieron a punto de poner fin al diferendo. La fórmula era una soberanía compartida. Para los gibraltareños fue una declaración de guerra. La gente se echó a la calle y en las calles se escucharon gritos como ‘‘antes muertos que españoles’’. |