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Ciudades para el descanso
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Oscar Subijana
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A LAS PUERTAS de la Navidad, de las colas en las grandes superficies, de la carnicería con ese jamón de jabugo especial, de las jugueterías para conseguir el último artilugio "con alma", se me antoja una reflexión de lo más sencilla. Marcar el contrapunto. Dar la vuelta a la moneda. Y responder con un sí rotundo a la idea avanzada por el Ayuntamiento de Lekeitio para convertirse en una de las ciudades mundiales que se tranformarán en "Citta slow". Desconozco la traducción exacta, pero intuyo que la idea persigue recuperar ese espíritu de pueblo acogedor, cercano a los habitantes, en el que los bares dan ese pintxo que nos gusta, y donde el quiosquero sabe que compramos DEIA. En estos tiempos, en los que el proceso de paz parece que corre, que luego se estanca, que se ahoga, que naufraga, es una delicia pasear por el puerto de Lekeitio, disfrutar del aroma marinero, y de la compañía de los vecinos de la localidad. Mungia y Orduña preceden a la localidad marinera al tener ya el certificado de "Ciudad lenta". Deberían ser muchas más las localidades que incentivaran la pedalada sobre la bicicleta por encima de las ruedas del coche, el paseo a pie hasta la playa de Karraspio, a intentar conducir inmerso en un atasco de la A-8. Además, no tengo duda de que la idea de defender la filosofía de reducción del ritmo vital no es contraria a la defensa del progreso como forma de alcanzar más riqueza, sin olvidar la solidaridad social. Propongo que si alguien quiere saber de primera mano cómo se vive el ritmo-slow de Lekeitio se siente en uno de los bancos de la plaza del pueblo y mire a los grupos de aitites y amamas que pasean y charlan de lo divino y lo humano. Ésa es la gran prueba de que la vida puede tener otro ritmo. |
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