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Imagen de archivo de la primera misa oficiada en el año 1956 en la ermita de San Adrián. I. M. |
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Vecinos de San Adrián editan un libro en el cincuenta aniversario de su iglesia
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Cien testimonios y un millar de fotografías recorre la historia de la antigua ermita minera
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Iñaki Makazaga Bilbao
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Cuatro párrocos Jesús Rico, Goyo Galdós, Carlos Gómez y el actual, Joseba Atxa
Formación Pronto empezaron los cursos de catequesis, coros y corte y confección
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El barrio de San Adrián tiene en sus raíces la parroquia de la Virgen de Lourdes y San Adrián. Más de cincuenta años de historia en un barrio que se han desarrollado al impulso de sus feligreses. Primero en la atención de las familias mineras, después en el diseño de las primeras asociaciones de vecinos, escuelas cooperativas y centros de salud al ritmo que llegaban nuevas familias. Y en paralelo, la labor pastoral con cuatro párrocos en este medio siglo de historia en el que el barrio ha abandonado el mundo rural para convertirse en la principal zona de crecimiento de la villa.
Jesús Rico recuerda todavía sus primeros paseos hacia las campas del Carbonero, donde estaba situada la pequeña ermita de San Adrián, germen de la actual parroquia. «Era una parroquia rural y minera rodeada de caseríos con pequeñas huertas», expresa Rico, quien puso en marcha la parroquia en 1956 hasta que le traspasó el testigo a Goyo Galdós en 1960.
«Solicité a Lezama-Leguizamón que nos concediera, a través del Obispado, un terreno para edificar la nueva iglesia, pero me marché sin saber dónde estaría», continúa Rico impulsor de las primeras catequesis, coros de Santa Águeda y partidos de fútbol en las campas del Pagasarri con los más pequeños.
Cuatrocientas páginas
«Pronto iniciamos también cursos de formación para las chicas en una casa vacía sobre cultura, corte y confección. Cantaban como ángeles», apunta sobre una generación que todavía hoy en día le para por la calle para agradecerle la atención de esos años. «No sabe cómo nos exigía, pero qué bien nos ha venido», parafrasea Rico a lo largo de las 381 páginas del libro que acaba de editar la parroquia como homenaje a todos los que han dado vida al barrio en su quincuagésimo aniversario.
Su sucesor, Goyo Galdós, también habla en el libro, junto a un centenar de testimonios de vecinos, mineros y feligreses. «Cuando llegué se acababan de construir las primeras viviendas para 550 familias. Había una pequeña ermita con una anexo nuevo y más de mil niños participando de las actividades de la parroquia», rememora Goyo sobre sus trece años como párroco.
«Las familias que llegaban tenía a sus hijos escolarizados en sus anteriores zonas y los niños ya no podían ir hasta Sestao o Barakaldo todos los días, así que lo primero que hice fue ir a hablar con el alcalde y gobernador para recolocar a los niños por todo Bilbao y pedir una escuela propia para el barrio», recuerda ilusionado con las transformaciones que ha sufrido el barrio.
De campas a viviendas
Tras Galdós, llego Carlos Gómez (1971-1983) y el actual Joseba Atxa. Mientras tanto, las familias de mineros miraban sorprendidos la transformación de las campas, donde los camiones esperaban el mineral, en urbanizaciones repletas de VPO.
«Esta zona se llamaba paseo de Mimbres y mi padre pagaba 200 pesetas al mes por su caserío. No teníamos agua y caminábamos hasta el lavadero todos los días. Los hombres trabajaban en la mina. Pasamos necesidades, pero nunca hambre: en el barrio siempre había cerdos, conejos y muchas gallinas», relata Chuchi Larruzkain.
Frente a Chuchi, Leticia Arribas conoció el barrio ya urbanizado con sus fuentes, plazas y servicios. «Siempre he tenido claro que sin comunidad la fe se va apagando», señala. |
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