|
|
|
Naufragio de un embarazo
|
|
Mikel Ayuso
|
|
 |
UNAS VACACIONES, siquiera pequeñas, son básicamente para eso, para descansar y alejar la mente de la obligada estulticia cotidiana. Y en esas estábamos yo y otros muchos, ocupados en rebajar la lista de trabajillos y tareas a realizar y que el reducísimo horario cotidiano impide en las fechas laborales. Una semana rodillo en mano y taladro en la otra, sin radio ni televisión, cansado y agujetas, ajeno al mundanal bullicio. Iniciaba ya mi preparación mental para la vuelta, para el regreso a la implacable normalidad, a las prisas y el desasosiego. Pero bien entrada la noche, una visita bienintencionada pulverizó las tribulaciones de ese último sábado del año. ‘ETA ha puesto una bomba en Madrid, ¿no te has enterado?’ Sentí las rodillas temblar, pero no hacía frío. Ni sillas, así que los bolsillos traseros de mi pantalón abrazaron el suelo. Rápidamente hice memoria, ¿hoy es el día de los inocentes?, no, fue el jueves, ¿pero entonces..?
El proceso al carajo. De nuevo. Se me ocurren pocas maneras más atroces de inaugurar un año. Desde el sábado no se me escapa una sonrisa. Este pueblo no se lo merece, pienso para mí. Y luego está esa especie de cansancio ya ontológico, hastío de las noches con sangre en las calles, de los neumáticos subiendo al cielo antes de caer en las conciencias... Prefiero huir de frases grandilocuentes; ni tengo el ánimo para ello ni son útiles. Pero sólo han pasado nueve meses, solamente nueve desde el alto el fuego. Un embarazo y agur. No parece un tiempo suficiente para desguazar la ilusión colectiva. Alguien está metiendo el remo. Y chapotea. Y nos embarranca a todos. ¿Quién ha hecho naufragar mi pedacito de esperanza? |
|