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03-01-2007
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¿España democrática?
J. Gabriel de Mariscal
"Ahí tenemos una extrema derecha emboscada en el PP, con un grupo de población fanática detrás de sí, enarbolando el estandarte de la alarma, de la ruptura de la convivencia"
!No¡ A lo sumo un Estado con aspiración a entrar por vías democráticas. Aspiración, desde luego, no universal, sino únicamente de algunos sectores de su población. Afirmación tan rotunda carece del menor propósito peyorativo; es la simple constatación de un hecho. Otra cosa es poner a la luz algunas de las claras señales que la sustentan. Es lo que intentaré hacer en las líneas que siguen.

La democracia no se improvisa. En el Estado que llamamos España los ciudadanos, a pesar de La Pepa -para los poco "puestos" en historia, La Pepa es la Constitución de las Cortes de Cádiz, aprobada en 1812-, sólo han tenido desde la Revolución Francesa tres relámpagos fugaces de verdadero intento de vida democrática: -el trienio liberal 1820-1823, y las dos Repúblicas (1869 y 1931, respectivamente)- y un período de democracia teatral y aparente con la Restauración (1874-1923). Por añadidura, sin revolución liberal, esto no parece para entusiasmar e impulsar democráticamente a ningún país.

En los veintiocho años que llevamos de nuevo régimen, estamos conviviendo tres o cuatro generaciones de adultos, de las que sólo una ha nacido en un régimen de libertad y las restantes tienen enormes residuos de dictadura impenitente que, a su vez, sigue influyendo sobre sectores importantes de la generación nueva. En estas condiciones una parte significativa de los habitantes del Estado no ha podido alcanzar el status de "ciudadano"; sigue estando integrada por "súbditos". No son pocas las muestras de esta situación.

Montesquieu dijo que "la virtud en una república,¡ es una cosa muy simple: es el amor a la república", y que en un Estado popular no bastan la fuerza de las leyes y el poder del gobernante; "es necesario un resorte más, que es la virtud". Estamos viviendo una época poco gloriosa en lo que se refiere a aprecio de la libertad, de la tolerancia, de la solidaridad, de la anteposición del interés general a los intereses personales o de grupo, de la cultura propia y ajena. Todo esto es lo que yo entiendo por nacionalismo, por amor a la propia república, a la propia comunidad política, por "virtud". Sin estos ingredientes no hay democracia posible.

Por otra parte, también el "espíritu de la Ilustración" parece haberse difuminado en Occidente y por supuesto aquí, si es que alguna vez lo hubo con carácter general. A lo que se ve, resulta totalmente desconocido para la gran mayoría de nuestra juventud hasta en el ambiente de las aulas de formación. No lo digo por melancolía. Me importaría una higa su desaparición si es que lo sustituyeran aspiraciones, convicciones y sentimientos de igual o superior valor. Pero yo no veo más ideales generalizados que ganas de embolsar más y más dinero, de matar el tiempo en fútiles diversiones, de gozar de lo propio y de lo ajeno sin pensar en lo que nuestro supuesto gozo impide a los demás disfrutar, incapacidad de renunciar a algo nuestro para dárselo a otros, estúpidas pretensiones de triunfo, banalización de la belleza de la conjunción de los sexos y otras lindezas de parecida sublimidad. Quizá sea una enfermedad difundida por todo el ámbito occidental, pero aquí está sin duda presente. Éste es, además, un país castrado por el ladrillo y el balompié. Naturalmente entre esta zaborra hay gente de otro pelaje, como hay ciudadanos en medio de una proliferación degradante de súbditos. Pero, por fas o por nefas, no es lo que parece dar el tono. No hay, pues, "virtud", ni cultura capaz de inspirar ideales y altura ética a la convivencia, con lo cual la vida democrática resulta una ilusión.

Otro de los signos de esta caquexia democrática es la amplia resistencia a aceptar el Estado compuesto que, tímidamente, intenta estructurar una Constitución coja y asustada. Ahí tenemos una extrema derecha emboscada en el PP, con un grupo de población fanática detrás de sí, enarbolando el estandarte de la alarma, de la ruptura de la convivencia, del desmembramiento del Estado. Y no digamos nada del horror al reconocimiento de hechos patentes: que el Estado esta compuesto de naciones y regiones; que ser nación no es ningún privilegio, sino un mero hecho; que ser región no implica ciudadanía de segunda, sino otro hecho más. ¿Cómo va a sorprendernos que el PP intente ahora romper a una Constitución lisiada la pata autonómica que le permite caminar renqueante, o que pretenda cuando menos debilitarla gravemente?

Una prueba más de la insuficiencia democrática de la población del Estado es el pánico a abordar con serenidad la modificación de una Constitución que ha cumplido ya más de veinticinco años, que se elaboró en un momento históricamente oscilante e inadecuado, y que, como toda norma jurídica, necesita obviamente ser remozada en aspectos de gran importancia, que deben revisarse.

¿Queréis más pruebas? Helas ahí: la osadía de una facción que, cuando estaba en el gobierno, enredó irresponsablemente a su pueblo en el avispero de la guerra de Irak contra la voluntad popular manifiesta y casi unánime; que manipuló con toda clase de mentiras el atroz atentado del 11-M; y que, desalojada del gobierno, ha conseguido con insensatez detestable convertir el proceso de pacificación en un tema electoral, esgrimiendo a ETA contra el Gobierno central.

Después de esto sólo nos queda ingeniárnoslas para poner remedio a estas zancadillas y a las demás que vayamos descubriendo.
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