Nadie sabe decidirse a señalarlo abiertamente si el primer amanecer del sábado, comienzo de la fiesta de la oferta (Eid al - Adhda) podía "celebrarse" el sacrificio al que se había ofrecido en una carta pública al pueblo de Irak el 5 de noviembre de 2006 ofreciendo la condena por los 148 chiítas asesinados por haber participado en un intento de muerte contra Sadam Husein. Este último sábado hubiera comenzado el primer día de sacrificio para los sunitas pero sólo para ellos porque los chiítas lo empezaban el domingo. El ajusticiamiento del sábado fue, pues, un acto de venganza de los miles de chiítas, heridos, asesinados por Sadam y los suyos durante la dictadura. El tribunal especial entendió que no era necesario, no era preciso una firma del presidente y el primer ministro Al Maliki llamó por teléfono al supremo gremio espiritual de los chiítas de Irak, que le ofreció señal verde de permiso de ejecución para el sábado.
Los últimos minutos de su vida estuvieron acompañados de gritos de ‘‘¡Muktada, Muktada!’’ a favor del jefe radical religioso chiíta.
Para Boris Kalnoky, en el DIE WELT del día 1 del 2,007, "el símbolo" de la ejecución fue caótico, brutal y sin dignidad alguna. Estéticamente, la ejecución se pareció mucho a las ejecuciones de Al Qaeda donde los ejecutores llevaban máscaras y los anuncios políticos eran menos propios de una ejecución estatal que de una secta política.
Como signo de lo que desde ahora le espera a Irak, la muerte de Sadam no resulta muy esperanzador.
Los americanos que le habían tenido en sus manos hasta pocas horas antes de la muerte, tenían claro interés en presentarle como un símbolo de un Nuevo Irak esperanzador, correcto al que ellos no querían cerrar el paso. Querían ver a Sadam como su ultima humillación pero lo era también de los sunitas de Irak y como símbolo del poder de los chiítas en el país.
¿Comienzo o fin de la tragedia? |