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Un momento de la actuación de los payasos con los niños y los residentes en el geriátrico a sus espaldas. O. Martínez |
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Terapia de juventud para empezar el año
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Un centenar de niños tomaron el geriátrico IndautxuGurena para celebrar el nuevo año con sus familiares.
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Iñaki Makazaga Bilbao
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Enrique apenas habla. Tiene un alzheimer avanzado y no reconoce a nadie. Sin embargo, cuando aparece su nieto le cambia la cara. No sólo se acuerda de él, sino que diferencia a sus amigos. Así le sucedió ayer cuando el geriátrico Indautxu Gurena en el que vive decidió realizar una jornada de puertas abiertas con los hijos, nietos y biznietos tanto de los residentes como de los profesionales del centro. «Una terapia de juventud», lo define el médico director, Luis Muga, sorprendido de la eficacia del cariño en Enrique como en el resto de los residentes: «La familia es la mejor medicina».
En total, un centenar de niños se agolpaban ayer en el hall de entrada del geriátrico. Estaban esperando a que llegaran los payasos Kitilín y Kotolón a la vez que merendaban chocolate, patatas y refrescos en compañía de sus familiares, muchos de ellos residentes del geriátrico. «Lander se pone muy contento. Los abuelos dan mucho cariño y no paran de mirarle con los ojos bien abiertos», explica Aurora López, administradora del centro, con su hijo Lander de seis años a hombros. Como ella todas las empleadas llevaron por la tarde al centro a sus hijos más pequeños. «Estamos acostumbrados a que las personas mayores sean los malos de los cuentos, pero son parte de la vida y es bueno que los niños sepan que enferman, necesitan ayuda y existen», continuó Auxi Puebla, subdirectora del geriátrico en compañía de sus dos hijos de dos y cuatro años. «Si se les explica con naturalidad que sus abuelos enferman, lo comprenderán con naturalidad», continuó ilusionada con el acto.
Mientras tanto, Eli Vigalondo sonreía desde su silla de ruedas. Los payasos llegaron y todo los niños gritaronn para recibirles. «No sé si entenderá lo que sucede, sólo sé que se anima un montón al ver a tanto niño», señala su sobrina María Luisa Alonso. «La vejez es dura. No sabes si lo pasan bien o mal, pero hay que estar junto a ellos», continúa María Luisa agarrada de la mano de su tía. Al fondo de la sala los payasos continuaron con el acto transportando a los residentes a su años de infancia. |
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