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Con la soga al cuello
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José Ramón Blázquez
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"Si la renuncia a emitir las imágenes de la ejecución de Sadam proporcionase al medio una alta reputación, las cadenas de TV se apresurarían a ahorrarle a la gente el espanto del ajusticiamiento"
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Si ETA no hubiera decidido amargarnos las uvas con el atentado de Barajas y erigirse con tan inadmisible mérito en el protagonista de los inicios del nuevo año, ahora sólo se hablaría del ahorcamiento del Sadam Husein y de cómo su ejecución, retransmitida por todas las televisiones del mundo, vuelve a dejar en evidencia la moral pública de los países occidentales y pone en cuestión la deontología de los medios de comunicación en relación con el espectáculo de la muerte y la dignidad humana. ¿Un debate tópico e inútil? Tal vez, pero a los ojos de una parte de la comunidad la imagen del ex dictador iraquí con la soga al cuello es el vivo retrato de una sociedad insensible y permisiva, sometida al teatro informativo e incapaz de determinar y hacer respetar los límites entre noticia y decencia pública.
Es cierto que el debate sobre las fronteras informativas en relación con la difusión de determinadas imágenes de violencia es un asunto de difícil control, en el contexto de la competencia mediática y la laxitud ética de la sociedad. Para la mayoría de los medios el valor de la noticia tiene prioridad sobre las consideraciones morales particulares, por lo que el debate se suele disipar rápidamente con la aparición de nuevos sucesos que hacen olvidar a los anteriores. Y entre que los medios no pueden renunciar al impacto informativo y que la gente es cada vez más complaciente y menos crítica, en este círculo vicioso crece la espiral populachera y vulgar que nos retrotrae a la oscuridad de los tiempos, cuando el horror de los ajusticiamientos era un espectáculo servido por un poder despótico para el recreo de las masas.
Si usted fuera director de una cadena de TV, ¿renunciaría a emitir las imágenes de la ejecución de Sadam sabiendo que su competencia las iba a difundir? ¿Se atrevería a quedar ante sus colegas como un moralista o, peor aún, como un censor? ¿Se arriesgaría a perder audiencia a cambio de sostener un impreciso código de conducta? Aquí está, a mi entender, el núcleo de la cuestión, porque lo que determinan los excesos mediáticos son, por igual, la falta de liderazgo moral entre los grupos periodísticos y el desprestigio público de la decencia, las dos caras del mismo problema, el de una sociedad que ha dinamitado unos valores éticos sin haberlos sustituido por otros alternativos. Reconozca que no está de moda predicar la prohibición, ni un poco.
Estoy seguro de que si la renuncia a emitir las imágenes de la ejecución de Sadam proporcionase al medio una alta reputación pública, las cadenas de TV se apresurarían a ahorrarle a la gente el espanto del ajusticiamiento. Pero no ha habido ninguna que haya dicho: "Esta emisora, en honor a la dignidad humana, no emitirá las escenas del ahorcamiento de Sadam". Sencillamente, porque este mensaje no hubiera calado tanto como el requerimiento cuantitativo de la audiencia y porque no hay líderes sociales y empresariales capaces de la osadía de anteponer la integridad humana al negocio inmediato. ¿La culpa entonces la tiene la gente? No, la tiene la ignorancia popular y la enorme debilidad de la comunidad civil, la impotencia educativa y la incompetencia intelectual frente a la influencia arrasadora de un sistema económico-social que se siente cómodo en su dominio absoluto. No es lo que hacen: es lo que les dejamos hacer. No es por cobardía, sino por pereza. Es complejo de neodemócratas.
Dirán algunos, quizás para justificarse con el clásico argumento victimista, que de nuevo se le está echando la culpa al mensajero, pues el mal estriba en el ahorcamiento de una persona y no en la información del hecho. ¡Ah, la vieja falacia de validar lo malo por la existencia de lo peor! Pero son problemas diferentes. La repugnancia por la pena capital y la conducta inmoral del Gobierno de Bush no es comparable con el hecho atroz de que los medios conviertan la muerte de una persona en espectáculo de masas. ¿No es incoherente que las sociedades americana e inglesa, incluso la española, prefieran evitar las escenas dolorosas causadas por el terrorismo, pero acepten contemplar en sus hogares la ejecución televisada de un hombre?
Para que las secuelas del ajusticiamiento retransmitido de Sadam no quede, como con Ceaucescu, en lamentos retóricos o justificaciones forzadas, deberíamos aceptar al menos dos criterios de actuación: Primero, que filtrar determinadas imágenes no es censura ni acto moralista, sino responsabilidad social (¿qué añaden sustancialmente a la información sobre el fin del tirano las imágenes de su brutal ejecución?). Y segundo, que es exigible una ley proteccionista que, bajo tutela democrática, impida la propagación de la ignominia humana, sin excepciones. O asumimos unos límites razonables, o nos asfixiaremos con la soga de nuestros excesos y el autodesprecio televisado. |
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