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José Miguel Corral ante una de sus obras en galería Dieciséis. |
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Esplendor del barroco industrial
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dibujos y pintura de josé miguel corral sobre ‘‘potasas de navarra’’ en la galería dieciséis de Donostia
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Edorta Kortadi Donostia
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¿Se puede ser un barroco frío a comienzos del siglo XXI? No barroco como acumulación y abundancia de elementos superpuestos, sino como contraste y ambivalencia de luces y claroscuros, de colores muertos y apagados, revividos por trallazos y trozos de fulgurantes rojos, verdes y azules.
Pues en esas estamos, cuando José Miguel Corral (Pamplona, 1968) dice haber penetrado un día en los interiores de Potasas de Navarra y ha descubierto y desvelado sus silos, puertas, pilotes, claves y estructuras de un mundo cercano y en derribo, enigmático, mágico y apocalíptico. Y lo ha visto además con unas luces potentes y poderosas que penetran y desfiguran sus interiores, convirtiéndolos casi en espectros y en sombras, en puras estructuras de comportamiento plástico.
Sus magníficos dibujos en blanco y negro, nos sirven de soporte y de estructura de su pintura, que es otra cosa, y no lo es al mismo tiempo. Sus estructuras y hangares trazados con pincelada estirada y bien peinada en blanco, negro, ocre, con algunos azules, verdes, rojos, se llenan de luces mágicas y blancas, que penetran y deslumbran los interiores. Son las luces barrocas del siglo XXI, que también existen en la pintura de Corral.
Y logra auténticos bodegones y naturalezas muertas con despojos de sillas y de muebles, con estructuras racionales e industriales, a los que añade algunos cables y superficies planas de colores salvajes: rojos, verdes, blancos.
El ojo y la retina de Corral aúna muchas cosas al mismo tiempo. Fotografía y pintura, arquitectura y objeto, luz y oscuridad, colores fríos y calientes.
Y casi con la mirada fría e inquietante de los realistas metafísicos, nos descubre un mundo sutil y enigmático de descomposición de formas por el tiempo, por la penetración de luces blancas en el espacio negro.
Surgen así sus estructuras de sillas ‘‘mondrianescas’’ e ‘‘irazuecas’’, o sus paisajes grises ‘‘cuasi morandianos’’ y ‘‘aquerretianos’’, o sus hangares cercanos a la fotografía y al cine negro.
Posiblemente en su sintaxis y en la utilización ambigua de elementos, en lo visto y casi reconocido, residen parte de sus aciertos. El resto lo hace una pincelada limpia, silente, bien peinada, de superficie cercana a la fotografía. El misterio vuelve a servirse en plato frío, turgente, espléndido.
El silencio de la muerte se advierte en ellos. Parecen naturalezas muertas cargadas de vida, de misterio, de ecos. |
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