EN ESTA VERSIÓN moderna de David contra Goliat, una joven pareja, Iñaki y Rosa, se ha enfrentado a la poderosa banca y ha ganado. Avasallados por la hipoteca, machacados por el préstamo, esta familia vasca –que abandonó hace cinco años su hogar en Barakaldo– ha logrado paralizar el embargo de su casa en Burgos gracias a una sentencia que les declara en suspensión de pagos. Sus hijas, Haizea, Vanessa y Elena no saben desde hace mucho de caprichos. «Vivimos con lo justo», dice su madre, Rosa, que ha aprendido el milagro de los panes y los peces. La ‘‘espada de Damocles’’ de tener su casa embargada les obliga a columpiarse todos los días en la delicada tela de araña de la precariedad. Pero un juzgado de Burgos les ha puesto la máscara de oxígeno al convertirse en la segunda familia del Estado español que, acogiéndose a la Ley Concursal, ha logrado paralizar los embargos. Iñaki Silva,de 32 años y Rosa Crespo de 36, tienen que hacer malabares desde hace meses con la economía doméstica ya que su historia, como la de muchos, es una historia de fatalidades. «En Barakaldo un piso de mierda cuesta cuarenta kilos, hay algunos que valen cien. Así que tuvimos que venir a vivir aquí, a Quintanilla de Montecabezas». Después vino la ilusión... la de levantar una casa rural en este pueblecito burgalés. «El problema surgió a raíz de un cambio de trabajo. Yo estaba trabajando ‘‘abajo’’ (dice en alusión a Barakaldo) y cobrando bien. Por eso nos metimos aquí (en referencia a Quintanilla). Teníamos ya los planos de la casa rural, llegamos a echar los cimientos... Pero vino el cambio de trabajo y el descenso de sueldo. Había que amoldarse, intenté renegociar los préstamos. Pero...», cuenta apesadumbrado Iñaki.
La maldita hernia discal, con la que lleva conviviendo ocho meses, acabó de rematar la situación. «Esta mañana me han cambiado la medicación porque no aguantaba más», lo dice con el ‘‘baile de San Vito’’ a cuestas, sentándose y levantándose porque el dolor no le deja en paz.
El desastre de la familia sobrevino por una hipoteca de 72.000 euros con el Banco de Santander y un préstamo personal con el BBVA, de 16.000. Intentando mantener el equilibrio, quisieron renegociar su deuda, «tuve que quitar varias demoras, pedir ayuda a la familia, gastar dinero en una tasación para la casa con la esperanza de que me iban a ampliar el crédito... Para nada porque ya figuraba en el Banco de España como moroso».
La tragedia se desencadenó en cascada y este invierno se murió hasta el perro... de frío. «Cuando pasaron de tres morosidades ya me reclamaban la totalidad del préstamo en las dos entidades. Y yo les decía: ¿Pero si no te puedo pagar tres cómo voy a pagar el total? A mí eso no me entraba en la cabeza», exclama Iñaki. Entonces su casa de ochenta metros cuadrados, más 3.500 de terreno, y tasada en 178.000 euros se convirtió en moneda de cambio. «Empecé a recibir las cartas de embargo, me decían que la iban a sacar a subasta. Fue ahí cuando nos enteramos de la Ley Concursal y que ya había una familia de catalanes que se habían podido acoger a ella».
Con el agua al cuello, esta pareja no ha tirado la toalla ni ha perdido la dignidad: «Lo que nos han hecho es inmoral. Con lo que debíamos y con lo que está tasada la vivienda...», subraya Iñaki,consciente de lo ridículo de la cantidad para una sociedad que vive permanentemente entrampada. «Estamos hablando de quince kilos. Ahora mismo no les debo ni millón y medio en atrasos. Lo que nos han hecho no tiene nombre. Cuando les llevaba el pagaré de la obra por 2.800 euros o de 3.000, pasaba hasta dentro, me daban caramelos, me ofrecían productos. En el momento de que les ingresas ochocientos euros miran para otro lado. ¡Increíble!», arremete con una cantinela ya conocida. Sin reproches ni aspavientos, Rosa e Iñaki se quejan, sin embargo, de la falta de ayudas. «Inconscientemente empiezas a comparar. A mí nunca me ha dado nadie ni un duro. Y luego llegan los búlgaros y les alquilan las casas con créditos blandos, a los rumanos les pagan la luz y los demás que nos fastidiemos. ¡¡¡Así España cómo va!!!».