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Un día de esquí que da qué pensar
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Oscar Subijana
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SEGURO QUE muchos de ustedes habrán ido alguna vez a esquiar. Los más pudientes habrán disfrutado de descensos memorables por las laderas de los Alpes. Los menos atrevidos o con presupuesto más limitado se habrán conformado con las pistas de Ezcaray o de Reinosa. Y todos estarán de acuerdo en que preparar una salida de esquiador es tarea ardua, por aquello de no olvidarse de ninguno de los elementos indispensables para practicar el deporte: esquís, guantes, traje, tabla de snow (está de moda), botas, calcetines gordos y una muda para cambiarse después de la paliza. Los condimentos de un día en la nieve hacen que la cita esté llena de momentos felices, trufados de alguna caída con el consiguiente dolor de duración semanal, y una comida tardía que procura la dosis de hidratos necesaria para huir de las molestas agujetas. Pero cuando confías a alguien las llaves del coche, en el que todos los componentes de la excursión guardan todo, y en una caída tonta las engulle la límpida nieve y se pierden, adiós. Desgracia, calamidad, desazón. De la alegría a la desesperación en segundos. Alargas la jornada blanca todo lo que puedes en la confianza de que la comida-merienda repondrá las fuerzas, pero la calamidad juega sus bazas y se presenta. El ejemplo es de andar por casa, pero clarificador para todo el espectro de la vida de cualquiera de nosotros. La felicidad es un intangible que hay que defender con uñas y dientes, porque en demasiadas ocasiones se torna en penalidad. De ahí la importancia de los segundos y los minutos como medida de felicidad. Porque sólo hace falta que transcurra un segundo para que una sonrisa se transforme en llanto. Por eso hay que vivir el momento con intensidad. |
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