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A cibeles le sobran uno o dos kilos
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Oscar Subijana
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QUE YO SEPA, la diosa Anatolia, símbolo de la prosperidad, que está sentada en su carro tirado por leones en plena Plaza de Cibeles, en Madrid, está un poco entrada en kilos. Justo lo contrario de lo que pasa cada año desde el pasado 2006 con las niñas que llegan a pesarse para poder desfilar "en condiciones". El trámite de la báscula ha dejado este año a cinco chavalas fuera del gran circo de la pasarela, de esa fiesta de luz y color en la que se muestran las "tendencias" de la moda que muy, muy pocas mujeres podrán lucir en la calle un día cualquiera de labor, en el que nos coincide ir a trabajar, recoger a los txikis de la ikastola y pasar por el hiper para llenar la nevera. Ese paradigma de la modernidad que es Cibeles, como Gaudí, Tokio, Milán o París, viene cada año a engrosar nuestra lista de "imposibles". Bien porque no me entra la falda, bien porque los volantes del vestido son tan exagerados que no entro ni por la puerta central del Guggenheim con sus dos hojas abiertas al mismo tiempo, o simplemente, porque no hay presupuesto, para qué engañarnos. Pero desde el punto de vista psicológico, las pasarelas de moda llenan ese espacio de creatividad que todos tenemos más o menos trabajado. De hacer de lo imposible algo posible nacen grandes apuestas en todos los terrenos. De ahí que la simple contemplación de vestidos de ensueño provoque un estado catatónico de felicidad en el que los mira. Ahora, si hay niñas de 16 y 18 años que se pasan la vida soñando con este espectáculo y dejan de comer por entrar en estos vestidos, la creatividad y el mundo de ilusión se rompen en mil pedazos. Me parece bien que se controle el peso de ellas, pero me parece muy mal que no se hable de ellos. ¿Será por machismo? |
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