|
|
|
Curiosidad desde la tolerancia
|
|
Oscar Subijana
|
|
 |
|
POR AQUELLO de la educación, no me atreví a preguntar. Ayer compartí un viaje largo en metro con una joven que llevaba el pelo cubierto con un pañuelo. Marrón, de tela fina pero opaca, bien atado a la parte baja del mentón, viajaba sonriente, pensativa, removiendo sus cosas en la cabeza. Parecía como si el pañuelo impidiera salir a los pensamientos de su cabeza. Las preguntas me asaltaron. ¿Será musulmana? ¿Lo llevará por coquetería? ¿Es un símbolo religioso? ¿Lo usa con libertad o le obliga su entorno más cercano? Como no me atreví a preguntar, me lo pregunto y se lo pregunto a ustedes ahora. La controversia del pañuelo islámico, el "hiyab", en países como Francia, donde la comunidad musulmana es más numerosa, se reproduce con cierta frecuencia. Pero uno no puede dejar de preguntarse cuál es el propósito del adorno femenino. «De las ocho veces que aparece el término "hiyab" (velo) en el Corán ninguna hace referencia a la prenda que camufla el pelo», argumenta una web islamista. En dichos versículos el sentido de "hiyab" es ‘cortina’, que separa espacios físicos, el privado del público. A un profano, con todo el respeto del mundo, le parece que el pañuelo quisiera simbolizar esa separación entre lo privado, aquello que queda en el hogar para ‘uso’ exclusivo, de lo que es público, de lo que se puede ver en la calle, de aquello que es de dominio social. Lo que puedo confesar aquí, en público, es que me quedé con las ganas de ver su cabellera. Desde una cultura como la occidental, en la que ya no se oculta nada, nos hacemos preguntas como bobos, porque todo lo que no esté bajo nuestros parámetros, lo vemos como extraño. Sólo desde la tolerancia se vive con igualdad y respeto. |
|