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16-02-2007
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La verdad de la política
Josu Montalbán
El recto ejercicio de la Política tiene que estar basado en la verdad y las buenas intenciones, y nunca en la falsedad o en las intenciones encubiertas y arteras.

Recientemente Aznar ha pronunciado una Conferencia en Pozuelo, a cuyo término se permitió responder a la pregunta de una asistente en estos términos: «Todo el mundo pensaba que en Irak había armas de destrucción masiva, y no había armas de destrucción masiva. Eso lo sabe todo el mundo, y yo también lo sé... ahora». Y añadió una nueva afirmación gratuita: «Cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía. Todo el mundo creía que las había ¿sabes?»

Las palabras de Aznar son una nueva falsedad por la forma como han sido pronunciadas, y muestran una finalidad artera porque la evolución de los hechos desmiente que, hace cuatro años, cuando decidió el envío de tropas a Irak siendo presidente, lo hiciera por las razones que entonces preconizó. En esta tesitura, ¿a quién puede extrañarle que la dirección del PSOE le reclame que pida perdón? Imaginen ustedes que el mismo Aznar, en un impulso de humildad tan inusual en él, se hubiera permitido añadir: "Siento mucho que aquella decisión haya producido víctimas que nunca deseé que se produjeran, ni pensé que pudieran llegar a producirse". Sin duda, dicha actitud hubiera sido aplaudida.

Pero no lo ha hecho. Una vez más, con la altanería que le caracteriza, ha venido a decir que lo que él no sabía, nadie lo sabía. Entonces, ¿por qué toda España se echó a la calle pidiendo que rectificara su decisión? Toda España lo sabía menos él. Y ello, a pesar de que él tuviera mucha más información (y mucho más fundamentada) que todos los españoles y españolas que llenaron las calles de voces que ni se oían en La Moncloa ni en las sedes del PP. Porque Aznar ignoró además los documentos del CNI y los dictámenes de los asesores del Ministerio de Exteriores.

El atrevimiento le llevó a utilizar documentos procedentes de inspectores de la ONU (es decir, de EE.UU.), con justificaciones tan peregrinas como afirmar que Irak se había provisto de tubos de aluminio aptos para enriquecer uranio. El engaño urdido con falsedades y documentos, inexistentes y malinterpretados, tenía su principio en la vergonzosa reunión de las islas Azores, y su consecuencia en una guerra interminable, plagada de muertos inocentes, que ha culminado en la ejecución de Hussein televisada en directo, con la que habrán disfrutado, sobre todo, los cuatro que la pergeñaron en las Azores, aunque las imágenes les persigan mientras vivan.

En aquel momento se trataba de imponer el terror por parte de los terroristas, y de aprovechar el miedo que el terror produce a los ciudadanos por parte de los todopoderosos del mundo, fieles servidores del sistema. El 18 de febrero de 2003 Aznar aseveró: «Estoy diciendo la verdad: un régimen que tiene armas de destrucción masiva y conexiones terroristas es un riesgo para la paz». Ha resultado ser verdad, pero no precisamente en la dirección que Aznar apuntaba, porque el gran riesgo para la paz del mundo es precisamente los EE.UU. de Bush, que poseen armas de destrucción masiva y tanto apoyo prestaron a países en los que Al Qaeda organizaba sus estrategias. Antes de aquel 18 de febrero, al menos en dos ocasiones había afirmado solemnemente la existencia de esas armas. Y por si fuera poco el 30 de junio, cuando el mundo entero había perdido la esperanza de encontrar las armas de destrucción masiva, volvió a agorar: «El arsenal químico y bacteriológico tarde o temprano aparecerá».

Ahora que Aznar ya sabe que no existen tales armas, no sabemos si es tarde o temprano, lo que sí sabemos es que en Irak mueren en manadas, que la destrucción del país es escandalosa, que la reconstrucción va a suponer pingües beneficios para los amigos de quienes han ordenado su destrucción (incluidos Aznar y sus amigos), que la amenaza de atentados terroristas es mayor en casi todo el mundo, que la inestabilidad política es un mal augurio para la paz del futuro, que las religiones disfrazadas de civilizaciones se enfrentan unas a otras mientras sus divinidades inspiradoras continúan calladas por inoperantes o inexistentes... Y ciñéndonos al ámbito más inmediato, el español, que casi doscientas personas murieron en una madrugada y más de mil viven atormentados por las secuelas físicas y sicológicas del atentado del 11 de marzo de 2004. Todas estas consecuencias deben estar pesando como losas en la conciencia del embustero Aznar.

Bastante carga es. Mucho más que toneladas sobre los hombros son los gramos o briznas sobre las conciencias. «Tengo el problema de no haber sido tan listo de saberlo antes. Nadie lo sabía», ha dicho Aznar. Y no es así. Su problema fue y sigue siendo la soberbia con que adereza sus palabras y comentarios. Cuando hace cuatro años dijo a todos los españoles, mirándolos fijamente desde las pantallas de las televisiones, la frase lapidaria «estoy diciendo la verdad», muchos le creyeron, pero él sabía que su verdad sólo estaba sustentada en las arteras intenciones y las miserables estrategias del cuarteto de las Azores. De ese modo estaba poniendo a los españoles al servicio del Imperio, estaba haciendo de España un objetivo terrorista y estaba aportando a los futuros historiadores -esos que van a "torear" los hechos acaecidos con cinco años de retraso, según sus propias palabras-, datos para que eternicen una nueva ignominia en los futuros libros que deberán estudiar nuestros hijos.

Sólo le faltó el juramento (que no la solemnidad) a aquel pasaje en que prometió que estaba diciendo la verdad. Pero la Verdad de todos, la Verdad con mayúscula, no puede ser la que propugna uno solo, aunque lo haga desde la más alta instancia del Poder. El comportamiento de Aznar, sin embargo, no es el de un mentiroso sino el de un soberbio al que sólo le falta para ser sátrapa el haber vivido y ejercido su poder en el sur de Asia o en el Centro de África. Sí. Debe pedir perdón, por usar "su" Verdad en vano, de forma ignominiosa. Conviene recordarle los versos de Machado: "¿Tu verdad? No, la verdad, /y ven conmigo a buscarla./La tuya, guárdatela". Cada vez es más importante que construyamos la verdad entre todos, juntando todas las piezas que la conforman, haciéndola asimilable por todos, pues solo esa Verdad es consistente. Siguiendo las palabras del poeta, "para que mi verdad tenga sentido /ha de ser tu verdad quien la complete". Lo malo, Sr. Aznar, no es que se equivocara (si es que solamente se equivocó), sino que nos dijera "su" verdad con tanta arrogancia y desvergüenza.
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