DESDE SU casa de Brihuega, en la Alcarria de Guadalajara, Manu Leguineche, referencia y modelo para muchas generaciones de periodistas, ultima su último trabajo ‘‘El club de los faltos de cariño’’, en el cual narra su relación con el campo y sus gentes. Reconoce que le ha hecho ilusión el premio de la Asociación de Periodistas Vascos y le encantaría poder venir a Euskadi a recogerlo, aunque su delicada salud por ahora se lo impide. Leguineche, tal y como define Kapuscinski a los buenos periodistas, es una buena persona, un hombre con un sentido de la solidaridad propio de su ética del periodismo, sensible, piadoso con los demás, con la gente y la realidad, con los marginados. Guerniqués, de Arratzu, este maestro de periodistas, además de escribir cerca de una veintena de libros cuenta en su haber con el Premio Nacional de Periodismo, el Pluma de Oro, el Godó y el Ortega y Gasset, entre otros.
Un viajero impenitente como Manu Leguineche. ¿Cómo lleva su sosegada vida actual?
Hay tiempo para todo; para el movimiento, la acción, la profesión. Después de haber vivido mucho; de haber viajado para ser humilde, para conocerme y conocer a los demás, ahora llega el período de reflexión, de lectura, del pensamiento y todo eso.
De verdad, ¿los reportajes de guerra se hacen desde el hotel o en el centro del conflicto?
Siempre ha habido de todo. Pero en general lo del hotel es una leyenda. Quienes hemos cubierto este tipo de información hemos hecho lo que hemos podido. La verdad es que el periodista es un testigo incómodo, que no es bienvenido en ninguna guerra.
¿Le ha sido difícil estar en una guerra siendo neutral?
Uno está más con las víctimas que con los verdugos. E inevitablemente eso te obliga a tomar parte, aunque hay quienes son partidarios de la neutralidad absoluta, de la noticia por la noticia; otros, por contra, opinan que hay que tomar partido.
¿Y a Manu Leguineche le ha sido posible ver atrocidades sin tomar partido?
Uno cuenta las cosas según las ve. No las puedes desfigurar ni tampoco cambiar. Los hechos son sagrados y las opiniones son propias. No debes dejar que los hechos te desmientan; tienes que contar la verdad o eso que es aproximado a la verdad o lo que tu crees que es la verdad.
¿Y cuándo ves los horrores es posible hacer una información justa y fidedigna?
La información tiene que ser fidedigna si puedes contarla y te dejan, porque esa es otra. Como Irak que es la guerra más sucia de estos últimos años. No tiene nada que ver con las guerras que cubrimos como la de Vietnam. Lo de Irak de hoy es puro salvajismo; no tiene comparación con nada de lo vivido. El parte diario del conflicto arroja un centenar de víctimas; es una guerra que nadie entiende. Esto es lo que ocurre en el siglo XXI. Parece que es una época para olvidarse de todo eso y no es verdad.
Décadas de guerra desde el Vietnam a las de Guatemala, Ruanda, Eritrea... ¿La guerra es una condena con la que tenemos que vivir siempre?
Todo conduce a que sí. La gran esperanza que surgió en el mundo al final de la Segunda Guerra Mundial no se confirmó en absoluto. Las guerras, algunas de ellas más terribles que otras, continúan. Bien por religión, por territorio, por petróleo... cada uno aduce las razones que cree conveniente pero el caso es que seguimos en guerra. Con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de los dos bloque se pensó que el mundo iba en otra dirección: hacia la paz. Incluso hubo algún historiador que habló de la caída de las fronteras y que todo el mundo sería amigo. Esas esperanzas se repiten, pero la realidad es la que es. Y no tiene nada que envidiar con la Edad Media. Peor todavía.Es como si no existiera la posibilidad de parar la guerra. Como si estuviéramos abocados a la guerra.
Una pregunta tópica. ¿Si no hubiera optado por el periodismo de guerra, a qué se hubiera dedicado?
Al fútbol si hubiera valido. Soy del Athletic de Bilbao y, también, de la Real. Jugué al fútbol en mi juventud y mi etapa universitaria. Me gustaba mucho y me gusta todavía, aunque ya no estamos para pegar patadas al balón. Otra cosa que me hubiera gustado es ser acordeonista. Me encanta Kepa Junquera.
En esta etapa de su vida. ¿Está presente la escritura?
Sí. Estos días publico el libro ‘‘El club de los faltos de cariño’’. No tiene nada que ver con libros de historia o reporterismo; tampoco es una novela, no sé a qué genero pertenece. Es una mezcla de cosas vividas, pasadas y presentes. Mi relación con el campo y sus gentes está ahí.
¿Estamos faltos de cariño?
Efectivamente. Creo que sí. Cuando me puse a escribir este libro me acordé que se cumplían cuarenta años de la fundación de este club de mi casa de Madrid, donde nos reuníamos un grupo de amigos y amigas. Estábamos todos faltos de cariño. Y algunos lo estamos aún.
Antes las tertulias no eran tan abundantes como ahora. ¿El amarillismo es inherente al periodismo informativo?
Hay esa vertiente que ha dado tan buenos resultados sobre todo a algunos. Les ha aportado dinero y una popularidad extraña, pero sí es verdad que existen por la TV, la radio y la prensa escrita esa especie de tertulianos que están por encima del bien y del mal. No es un género que he cultivado nunca pero no me gusta ponerme en plan moralista. Hay algunas cosas que claman al cielo, pero cada uno debe de salir por donde quiera. Hay que ser liberal. ¿No te parece?
Siempre los medios han intentado ser el cuarto poder y ahora quieren marcar la agenda de todos.
La verdad es que a veces el periodismo es la sustitución de la política, pero aunque no me parezca bien puede resultar inevitable. Lo que dice del cuarto poder ha existido siempre. Uno tiene sus límites también y que un periodista se constituya en creador de opinión está bien, pero sin sobrepasar un límite; sin llegar más lejos. Hay un momento en que ese papel de periodista no debe sustituir al político.
¿Los y las periodistas tenemos que ser incómodos al poder?
Cierto. Siempre que pueda. Tendría que ir contra corriente. Ahí nos metemos en un embrollo, ya que mucho editores son empresarios. La empresa periodística y política rara vez se desmarcan. Muchos de ellos creen en la acción política y saben de la posibilidad de inmiscuirse en la política a través de sus medios. Para eso los crean, para influir. Y ¡claro! hasta hoy eso es verdad. O más que nunca.
¿Si pudiera hacer el reportaje de su vida a dónde iría? (Colombia, Amazonía...)
No sé, porque ese reportaje también lo he hecho. Lo hice en formato de libro: ‘‘El precio del paraíso’’. Era uno de los textos que tenía gran ilusión por realizarlo. Para plasmar la historia de un anarquista aragonés me fuí un tiempo a vivir al Amazonas.
¿A quién entrevistaría que no lo haya hecho ya?
No me queda mucha curiosidad. Y no lo digo con prepotencia. Precisamente porque los personajes que he visto quitando algunas excepciones, como Mandela que tiene su base profunda, no desatan pasiones. Son bastante aburridos. |