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Con el katxi a otra parte
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Xabi Larrañaga
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Con los carnavales ha resucitado el falso debate entre el poder y la basca, la vara de mando y la orgía popular. Frente a la sombra rígida de la poltrona, la anárquica presencia de las konpartsas. Los demagogos sitúan la pasta en la alcaldía y en la calle la imaginación. Se propaga la imagen de un ayuntamiento incapaz de soltar ideas ingeniosas y unos movimientos alternativos alejados por principio y vocación del dinero. La realidad es más complicada: a veces un concejal de cultura acierta con sus propuestas y de ordinario existen una subvención para muchos grupos que en público abominan de todo gobierno.
Este país reúne el mayor número de antisistemas por metro cuadrado del planeta. Esa, sin embargo, no es su característica más significativa, pues al mismo tiempo alberga la mayor cantidad de antisistemas que viven y beben del sistema o de los huecos que éste les ha cedido. Para conservadores, ellos. Yo no tengo ninguna duda de que las fiestas resurgieron gracias al bravo empuje de gente que no cobró por su esfuerzo. Y la mayoría de esa gente dista mucho de ser el monstruo filoterrorista que nos vende la derecha palaciega. Pero han pasado ya tres décadas desde la transición, y digo yo que aquel impuesto casi vitalicio que los ayuntamientos negociaron con ciertas cuadrillas cabe ser revisado. O al menos airear tal posibilidad sin que a uno lo tachen de Torquemada.
Sobrevaloramos la importancia de algunos sectores llamados representantes de la calle. Pues la calle es más plural y a veces contempla indignada lo que varios de ellos le ofrecen. Aborrezco la censura ejercida por el poder porque, precisamente, creo en el boicot cabal de una calle que sabe distinguir lo que le gusta y lo que le causa rechazo. Quien pasee por El Arenal en agosto observará que la población, sin necesidad de que Basagoiti dicte sobre sus gustos, abarrota unas txosnas y en otras no pide un trago. Y es que se equivoca tanto quien trata de prohibir la estética borroka como quien piensa que una carroza adornada con las fotos de los presos agrada al ciudadano medio.
Se discute bastante acerca del derecho de unos a portar sus carteles, y del derecho de la autoridad a prohibirlos por ofensivos. Lo que nadie cita es un derecho muy simple, común, limpio y efectivo: el de los peatones a darse la vuelta y montarse la juerga a su bola cuando se sienten agredidos visual y éticamente. Frente a la libertad de meternos con calzador unas reivindicaciones particulares, la libertad de tomarnos el katxi en otra parte.
Tierra a la vista |
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