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El cantanteTrent Reznor. R. Martínez |
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NIN, orgía de metal industrial en penumbra en La Casilla
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Alrededor de 2.500 fans disfrutaron del concierto gótico y del show luminotécnico del grupo de Trent Reznor
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Andrés Portero Bilbao
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MÁS DE 2.000 fans incondicionales de Nine Inch Nails (NIN) disfrutaron la noche del viernes en La Casilla de la orgía de watios, luz, humo y metal industrial del grupo estadounidense liderado por Trent Reznor. Cada vez más rock y menos electrónico, el quinteto repasó sus clásicos durante casi hora y media, y apostó por el músculo en un recital espectacular en su sonido, atronador y oscuro, y en su escenografía luminotécnica, sencilla pero siempre inquietante.
A pesar de llevar dos años sin disco nuevo, que verá la luz en abril, la gira europea actual de NIN está siendo todo un éxito. No en vano, los de Reznor, uno de los grupos de rock industrial más influyentes de los 90, se estrenaban en Euskadi. Alrededor de 2.500 personas se atrevieron a pasar por taquilla -42 euros del ala-, para ver el momento actual de un Reznor que se puede jactar de vender millones de discos cantándole a la soledad, la muerte, el suicidio. El quinteto salió con ganas, atronando el pabellón, y escondido entre la oscuridad y el humo que, durante la inicial ‘‘Love is not enough’’, impedía casi ver al grupo.
NIN apostó desde el principio por el músculo, por el enfrentamiento sónico con temas como ‘‘Terrible lies’’ y ‘‘March of the pigs’’. Tal y como prueban su último disco, ‘‘With teeth’’, la banda suena cada vez más orgánica, sin dejar de lado del todo la electrónica, todavía perceptible en cortes como ‘‘La mer’’ e ‘‘Into the void’’, y un ‘‘Something I can never have (still)’’ con evidentes deudas a Depeche Mode.
NIN gira siempre, en disco y en directo, alrededor de un Reznor cada vez más musculoso que ha dejado atrás sus ángulos afilados. Multiinstrumentista absoluto en los estudios de grabación, sobre las tablas se ocupa de cantar con su voz profunda, ayudado a veces por la guitarra, y mostrar sus habilidades al piano en algún corte esporádico. Alrededor de él gravita un cuarteto realmente espectacular: el bajo de Jeordie White, colaborador de Marilyn Manson, grupo ‘‘apadrinado’’ por Reznor, te trepana el estómago; el batería Josh Freese, alterna bíceps y pegada con sabiduría para no perder el ritmo adicional de las máquinas; el teclista Alessandro Cortini hizo lo que se esperaba de él; y el guitarrista Aaron North se lució, sin alardes innecesarios. |
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