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Una de las tortuosas esculturas del coreano Chun Sung-Myung. Sáenz de Gorbea |
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El desembarco oriental en arco
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3.000 artistas, 271 espacios, 29 países en una feria internacional en la que Corea es este año el país invitado
Todo es superlativo en Arco. Las cifras no engañan: 3.000 artistas, 271 espacios, 29 países. Es el año de Damien Hirst y hay una clara apuesta por la internacionalización. Apenas 49 galerías son españolas y seis proceden del País Vasco. Los que quieren congraciarse con los clásicos de la modernidad tienen a su disposición el pabellón 7, mientras que el 9 recoge algunas aventuras menos comerciales. Aquellos que estén interesados por el arte emergente tienen que acercarse además a la disminuida sección Black Box, repleta de audiovisuales de última hornada.
Más interés tiene algunas de las intervenciones de las obras dispuestas en los espacios de Proyectos, donde puede observarse la instalación de la donostiarra Maider López: el agobio de unos corredores vacíos. La realidad social está también presente y hay piezas que hacen referencia a Guantánamo, Abu Ghraib o el atentado de ETA en Barajas. Un arte político cuya efervescencia se manifiesta junto a lo más convencional y esteticista.
Ya van 26 ediciones y la dinámica continúa. Con la llegada de Lourdes Fernández a la dirección, todavía no se deja ver su mano y todo sigue igual. Arco quiere ser principalmente un foro comercial, pero también se convierte en un importante centro de divulgación y difusión de la creatividad contemporánea. Un lugar donde ver y ser visto. Un espacio de encuentros. La dinámica de un entorno para sumergirse en el arte. Un escenario donde perderse y del que apenas puede salirse indemne.
El país invitado de este año es Corea y trae otros modos artísticos, distintos conceptos, refinadas sutilezas e improntas de espíritus calmados. Unos acentos especiales que cabe observar en clave de diálogo con su pasado en sintonía con la espectacularidad de los mitos contemporáneos. Los sólidos Budas de Sang-Kyoon brillan como la purpurina y tienen lentejuelas de colores; pero al lado están los retratos que Lee Gil-Woo ha hecho de Dalí o Picasso, los nuevos ídolos. Hay representaciones tradicionales que observan los cambios de nuestro tiempo y crean unas especiales narrativas de la cotidianeidad, así como pintura, escultura o audiovisual de Ki-Soo Kwong que son representaciones de síntesis que proceden del universo digital de los videojuegos. Muchas obras son exquisitas y exhalan el perfume de la fragilidad, como la conjunción abstracto-figurativa de Lee Kang Wook.
Muy próximas, coexisten inquietantes y extremas asunciones de la violencia, caso de las intensas esculturas de Chun Sung-Myung. En general, la aportación de los tigres asiáticos supone un modo de operar más estético y de recepción muy estática. Hay que dejarse llevar por las inefables sugerencias y detenerse delante de los trabajos sin tiempo, con calma. Es preciso no distraerse por el agobio, la ansiedad y el vértigo que domina a la feria. Se esperaba un desembarco tecnológico y lo que ha llegado son aventuras en las que reina la tranquilidad y el sosiego. El culto a la belleza. Incluso, cuando se evidencia el deterioro. Es el caso de las cerámicas de Lee Sookyung, unidas con panes de oro y reconstruidas con fragmentos desechados.
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Xabier Sáenz de Gorbea Madrid
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