COMO EN TODA primera vez había miedo. El típico recelo. Cosas que pasan. Lo desconocido impone. Más si hay que desnudarse. Muchos nunca lo habían hecho. Era un tema delicado. Casi tabú. De hablar en casa, al calor de la intimidad. Lejos de miradas y oídos ajenos. Euskadi quiere la paz pero le cuesta hablar de ella. O eso se creía. Los años, el dolor, la esperanza, el conflicto, no pasan en balde. El primer foro de participación ciudadana para construir la paz, una iniciativa del lehendakari y Eudel, la asociación de municipios vascos, ha quebrado viejos axiomas: los vascos ya no tienen miedo a desnudarse, a hablar de paz. Al menos no tanto como antes. Todo lo contrario, agradecen que se les tome en cuenta, ser partícipes de una solución que todos anhelan. Y tienen ideas. Dieciséis vecinos de Legazpia lo demostraron el jueves.
Acudieron al Consistorio por que quisieron acudir. Pero, sobre todo, porque querían aportar. «¿Os importa que dé de mamar a la niña?». Una amatxu quiso demostrar que las madres también pueden y deben opinar. Claro, a nadie le importó. Quizá la criatura, de seis meses, fue testigo accidental del germen de la solución del problema vasco. Quién sabe. También acudió un hombre con su madre, postrada en una silla de ruedas, a su cargo. Querer es poder. En dieciséis personas resulta difícil encontrar mayor variedad: siete mujeres y nueve hombres. 32 años el menor, 72 el mayor. De sentimiento abertzale algunos, de vocación españolista otros. De Legazpia de toda la vida unos; llegados de Burgos o Galicia otros. Unos, otros, todos, con un nexo común: aportar. Todos sentados en círculo, donde nadie es más que nadie, donde todos se ven. Tres turnos de opinión. Libertad de palabra. Y de pensamiento. El resto del tiempo, a escuchar, una virtud no muy extendida. Con respeto. Prohibido interrumpir. Totalmente prohibido.
En el primer turno, los dieciséis pioneros expusieron qué iniciativas podrían adoptarse para construir una nueva oportunidad de paz. Cada uno recibió cinco ‘‘post-it’’ para plasmar sus ideas. Salieron cuarenta. Todas posibles. Segundo turno: ronda de aclaraciones para matizar cuestiones expuestas en el turno anterior. También primeras valoraciones sobre las ideas de los demás. Más ‘‘post-it’’. Otras veinte ideas. Sesenta ideas para la primera vez no es un mal inicio. Todo lo contrario. El tercer turno se reserva para que los participantes resalten las ideas más interesantes de los demás.
El dinamizador del foro, un experto en tareas de mediación curtido en Elkarri, Lokarri o Gesto por la Paz, se encarga de levantar el acta de la reunión. Así, sin que nadie las interprete, las corrija o las manipule, las sesenta ideas del foro de Legazpia se trasladarán a ese acta. Los ciudadanos implicados deberán darle el visto bueno para que sea válida. Entre todas las actas se extraerá un informe de conclusiones que el lehendakari hará llegar a los partidos políticos y a las instituciones vascas. Si habrá o no solución está por ver, pero por falta de ideas no será.
El alcalde de Legazpia, Eudel y Lehendakaritza enseñan su esperanza como la amatxu a su niña: ilusionados. La primera vez ha salido mejor de lo esperado. Bastante mejor. Es un estímulo para seguir, una señal en un camino sin asfaltar. Leioa, Durango, Bergara, Tolosa, Mungia y Bermeo están ya dispuestos para probar la experiencia. Para aportar. En estos consistorios trabaja un grupo promotor encargado de organizarlo todo. Y de reunir a la gente. Hay tres formas. Según explican desde Eudel, en las grandes ciudades tirarán de censo. «¿Quiere usted participar en el foro de participación ciudadana para construir la paz?». La misma llamada hasta conseguir veinte síes -como máximo-. Segunda vía, útil para los pueblos, donde todos se conocen: «El grupo promotor que lidera el alcalde invita a representantes de colectivos -jubilados, deportivos, amas de casa...-. Luego se hace una selección lo más plural posible». Tercera vía: «El alcalde invita a quien le parezca». Y así, con nervios al principio, ilusión al final, la gente se desnuda. Para aportar. |