Ya casi podemos sentirnos como los protagonistas de películas futuristas como “Asesinos cibernéticos”, “Inteligencia artificial”, “Viaje alucinante” o “Star Trek”. Nuestra vida todavía no discurre como la de ellos, no estamos tan avanzados ni disponemos de tan alta tecnología, pero cada vez hay menos distancia entre ellos y nosotros gracias a la nanotecnología. La nanotecnología es la rama de la tecnología que, además de ocuparse de la fabricación y el control de estructuras y máquinas de tamaño minúsculo, puede manipular, moldear y controlar la materia de dimensiones muy pequeñas, de 1 a 100 nanómetros –para que nos hagamos una idea, 1 nanómetro es la mil millonésima parte de un metro–, a la escala de átomos y moléculas.
Su “padre” es el premio Nobel de Física Richard Feynman, la primera persona que hizo referencia a las posibilidades de la nanociencia y de la nanotecnología en un discurso que dio en el Instituto Tecnológico de California el 29 de diciembre de 1959.
Ya se habla de ella como «la mayor revolución industrial de todos los tiempos». Va a suponer grandes cambios gracias a sus aplicaciones en diferentes campos, como en el terreno médico y farmacéutico –a través de nanopartículas comestibles que harán más efectivos los fármacos logrando una administración «a medida» que llegará a la raíz de la enfermedad–, así como en el medioambiental y en el de la agricultura, donde mejorará la productividad y realizará tareas de prevención de plagas y las combatirá, por ejemplo.
Dentro del mundo de la alimentación, va a tener aplicaciones en el ámbito de la seguridad alimentaria, del envasado y del desarrollo de nuevos productos e ingredientes. En pocos años se crearán nanopartículas que contengan aromas, sabores o colorantes determinados y se utilizarán para mejorar la calidad nutricional de los alimentos. Del mismo modo, se crearán bebidas según el color o el sabor deseado.
Igualmente, gracias a la nanotecnología alimentaria se podrá tener un control exhaustivo sobre los alimentos. Así, en no muchos años, existirán sensores que detecten bacterias en los pollos, sustancias que mejoren la gelatina y células que reconozcan si las verduras tienen restos de etileno o no.
En la actualidad, hay más de 150 prototipos de nanoalimentos. Y aunque todavía es pronto, los expertos estiman que su volumen de negocio supondrá más de 10.000 millones de euros al año dentro de tres o cuatro años sólo en Europa.
Las nanocápsulas
El gigante alimentario Kraft y un grupo de laboratorios están trabajando en alimentos a los que podemos calificar como “programables”, uno de los cuales es una bebida sin color y sin sabor que el consumidor decidirá cuál es una vez comprado.
Para conseguirlo, necesitará un transmisor de microondas que activará las nanocápsulas –de un tamaño de alrededor 2.000 veces más pequeñas que el ancho de un cabello– que contienen las sustancias químicas necesarias para poder crear la bebida elegida. Podrá ser café, jugo de naranja o whisky, por ejemplo. En cuanto a las sustancias no elegidas, pasarán por el cuerpo, dentro de sus respectivas nanocápsulas, y no se utilizarán. Por su parte, otros dos gigantes como Nestleé y Unilever están desarrollando emulsiones en nanopartículas para cambiar la textura de helados y otros alimentos. Además de los citados, ya existe un prototipo de chicle que, gracias a unas nanocápsulas, da la sensación de estar comiendo chocolate de verdad. Como vemos, ya podemos disfrutar hoy de la “comida del mañana”.
Estas cápsulas comestibles medirán pocos nanómetros y se elaborarán a partir de silicona, cerámica o de materiales como polímeros, que reaccionarán en función de la temperatura o de la química corporal. Aquí también entraríamos en los denominados “alimentos personalizados”, que se adaptarán al perfil nutricional y de salud de las personas. Liberarán las moléculas adecuadas para cada persona y retendrán el resto.
Aparte de los alimentos en sí, también se está trabajando en el capítulo de los envases, a partir de nanomateriales con características que aseguren una mayor protección de los alimentos contra efectos externos mecánicos, termales, químicos o microbiológicos.
En Gran Bretaña, por ejemplo, se están desarrollando materiales con propiedades antibacterianas, acústicas y táctiles más ligeros que el cristal y con capacidad para fortalecer la frescura y el gusto del producto. Gracias a la nanotecnología alimentaria, los embalajes podrán evitar que la humedad, las bacterias o el propio oxigeno deterioren los alimentos que contienen. Y cuando un producto se encuentre en mal estado, el propio envase nos avisará cambiando automáticamente de color.
Dentro de poco los nanochips, nanopartículas, nanocápsulas, nanoemulsiones, nanocompuestos, nanodispositivos, nanomateriales, nanoenvases y muchos más “nano” que irán apareciendo formarán parte de nuestro lenguaje cotidiano. Tendremos que ir acostumbrándonos a estos términos. Nuestra alimentación dependerá de este prefijo.