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¿Qué pueden hacer un político influyente, un ex presidente de una gran compañía o un antiguo alto cargo cuando les llega la hora de la jubilación? En EE.UU., hoy por hoy, las respuestas parecen claras. Los grandes hombres de finales del siglo XX han rellenado sus agendas con dos o tres actividades comunes: juegan al golf, escriben libros, dan conferencias y asesoran a algún fondo de capital privado. Estos instrumentos financieros de popularidad creciente pueden permitírselo. Al fin y al cabo son la potencia que ha propiciado el récord histórico de fusiones y adquisiciones empresariales registrado en 2006, un año en el que se han cerrado operaciones por valor de 2,73 billones de euros. Con tanto movimiento de dinero resulta fácil pagar sueldos millonarios a estrellas en paro forzoso, como los dos ex secretarios del Tesoro de la era Bush, John Snow y Paul O’Neill, o el antiguo presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, Michael Powell. No hay fondo de capital riesgo que se precie que no cuente con un consejero de prestigio. Y cada fichaje tiene respuesta inmediata. Cuando Blackstone, el mayor fondo de capital riesgo en el mundo, contrató a Paul O’Neill, Cerberus, uno de sus principales competidores, abrillantó su nómina con John Snow. Sólo Carlyle, se ha desviado un tanto de la tendencia. Quizá porque cuenta desde hace muchos años con George Bush padre y en 2009 tendrá que incorporar a la plantilla al actual inquilino de la Casa Blanca. Pero los políticos no son los únicos que alcanzan una jubilación dorada como asesores financieros. Los altos ejecutivos de las grandes compañías también tienen su hueco. El fondo KKR cuenta con John Bond, ex presidente de HSBC, como asesor para Asia. Bain Capital fichó al ex director de Morgan Stanley China, Jonathan Zhu, para asesorar sobre la gestión de un fondo. |