Vestidos con un académico ropaje que sobrevive al paso de los siglos -togas y birretes que pasaportan a cualquiera a un pasado de esplendor, un tiempo en el que doctorarse era privilegio único de los muy escogidos...- , los nuevos doctores de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) mataban al lobo de los nervios en el atrio del Palacio Euskalduna fotografiándose con la familia y saludándose a viva voz. Lo hacían a la espera de que la serpiente multicolor (perdón por el simil ciclista, pero encaja como un guante...) del claustro académico comenzase su solemne procesión hacia el escenario, con el Magnífico Rector Juan Ignacio Pérez al frente. Para todos ellos, catedráticos y doctorados, la Universidad ha dejado de ser pasarela (¡ay madre! he nombrado la palabra maldita...) de paso y se convierte en un lugar confortable, aunque aún un punto distante de esa mundo académico británico que reflejan las películas de género, con grandes salones, tazas humeantes, despachos de maderas nobles y cuadros de caza y jardines con parterres muy bien cuidados.
Regresemos al presente. El acto estuvo organizado como homenaje a quienes leyeron, con éxito, su tesis doctoral en 2006. Los libros de actas reflejan que a lo largo del pasado año se leyeron 253 de ellas, lo que echa por tierra esa leyenda negra achacada a los profesores de que tienen sobredosis de días libres. Hubo mucho y bueno que escuchar el pasado año, sobre todo a los 25 premios extraordinarios que ayer recibieron aplausos por partida doble. Vestidos, ya digo, a la antigua usanza, Mohammad Al-Saleh, Izaskun Aldeazabal, Sara González, Alaitz Atutxa, Javier García, Francisco Gallardo, Mile Velev Gateshki, Javier Díez, Ana Beatriz Baranda, Laura Grandoso, Jon Gutiérrez, Cristina Marieta, Javier Ruiz, Susana del Río, Carlos Enrique Pérez, Pedro Manuel Paz Alonso, María Celia Morales, Gorka Orive, Roberto Uriarte, Iñigo Urrutia, Aizpea Zubia, Aitor Aritzeta, Fátima Churruca, José Javier Esteban y Olga Fotinopulos pertenecen, desde hace bien poco, al club de quienes decidieron llevar su saber unos metros más allá. Puede decirse ahora que el conocimiento que poseen es moneda de curso legal, una vez recibido el ‘‘cum laude’’.
«Siéntate en la silla de la sabiduría para que desde ella enseñes, gobiernes, juzgues y sirvas.» La solemne fórmula que se maneja para la investidura está revestida de una aureola mágica y engrandece a quien la escucha. A cambio, la universidad solicita un juramento (entendámonos: una promesa...) que también tiene su aquel. «Sic polliceor. Sic Volo» respondieron al unísono los nuevos doctores. Hubo antes sabias palabras en la lección magistral del catedrático de Bioquímica Molecular, Félix Goñi, que escucharon miembros del claustro como Carmen González, Iñaki Iriarte, Teresa Santos o Jesús Canga entre otros muchos. Entre la nube de nuevos doctores se encontraban Julio Calleja, Javier Aldazabal, Mikel González, Cristina Egizabal, Inmaculada Martínez de Aldama, Jesús Cámara, Javier Zelaieta, Izaskun Mendibelzua, Javier Martin, Alfredo Sánchez y Nagore Alonso. Miren Josune Ortega entre otros cientos. Todos ellos se dejaron llevar por la pompa del acto que se abrochó con la actuación del coro de la UPV-EHU que concluyó su actuación con el ‘‘hit parede’’ de todos los tiempos en la radio fórmula de la universidad: el ‘‘Gaudeamus igitur’’, un canto al mundo académico y al conocimiento.
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El callejón de las botxerías
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