|
|
|
Epifanía
|
|
"Pienso que la única competitividad sana sería la de lograr conseguir ser el primero en aprender el arte de amar, porque nuestra verdadera naturaleza es unidad, es amor. Sin amor nos extinguiremos"
|
 |
|
Rafael Redondo
|
 |
Comienzo a escribir cuando la claridad del sol tan sólo es una leve pincelada, que lentamente asciende hacia la bóveda de un Bilbao durmiente en el bosque de sus secretos y el lento relevo de la luna al tenue sol, sugiere una súplica amorosa a la eternidad. Es el día 6 de enero: La Epifanía.
Mientras contemplo ese espacio revelador, la bocana de mi folio apenas sorbe la blancura tímida de la incipiente luz que tímidamente va brotando de la niebla. Todo apunta hacia la silente promesa de un espacio ilimitado que culminará con el fulgor del mediodía. Ahora, mientras me apresto a dar forma a estas impresiones con la tinta de la impresora sobre la hoja en blanco, y a intentar hacerla comprensible y clara como los rayos primeros, es cuando las sombras se van desvaneciendo y su luz se tiende, ingrávida, sobre el vaporoso lecho de la umbría.
La alborada, amante tempranera, ya está en mí. Pero la palabra "amor" -y con ella empiezo- la más bella que cabe en los idiomas, es, sin embargo, una palabra contaminada. Sí, el hecho es que la palabra "amor", difícilmente es pronunciada al margen de connotaciones religiosas o románticas. Sin embargo, es el amor la dimensión más sagrada del ser humano, sólo por ser eso: por ser humano; aún más: el amor es la expresión más radical del fondo del ser del Universo. Porque el Ser es, de suyo, expansión hacia otros seres, convergencia unificadora con el Todo; su fuerza es la unidad. El amor, por todo eso, es incompatible con el encapsulamiento, como sucede con las células cancerígenas. Sólo perviven los seres que colaboran, jamás los que compiten. Y hablando de competir, pienso que la única competitividad sana sería la de lograr conseguir ser el primero en aprender el arte de amar, porque nuestra verdadera naturaleza es unidad, es amor; amor sin preceptos doctrinarios, sin voluntarismos religiosos, guiado simplemente por la espontaneidad de un profundo flujo natural. Sin amor nos extinguiremos.
En una conferencia-debate que, ante un público psicoterapéutico, recientemente he pronunciado en Madrid reivindiqué la terapia del ser como complementaria a la terapia del hacer. Hacemos lo posible para huir del sufrimiento mediante todas las técnicas cognitivas para así manipular los pensamientos negativos. Mas, sin dejar a un lado lo anterior, creo que lo ideal sería encarar, es decir: mirar cara a cara, a los pensamientos que nos torturan. Tan sólo así nos distanciaremos de ellos; tan sólo así me des-identificaré de ellos, porque yo, en mi fondo, no soy un mero pensamiento. Nuestro Ser es más -infinitamente más- que el simple razonar. Nuestro fondo, señor Descartes, no acaba ahí. Usted no es su pensamiento. Nuestro Fondo, virgen e inocente, es saludable, y su profundidad jamás será alcanzada por la depresión, ni por la histeria ni por la psicosis. Tampoco por la muerte; nuestro Ser es. Y cuando caigamos en la cuenta de ello, estaremos en paz (mis disculpas por la propaganda, pero puede el lector, si lo desea, consultar mi libro "Más allá del individualismo". Ed Desclée). Soy el testigo de mis pensamientos. La Gran Conciencia que los mira, observa y engloba.
Es cierto que actualmente vivimos en un mundo tan infernal, que apenas si nos queda un resquicio para el amor. Pero a pesar de ello, el amor -como decía Ingmar Bergman en su película "Como en un espejo"- ha prendido en el mundo, ha echado sus raíces en los mejores hijos de nuestra especie. Y, también a pesar de ello, el desarrollo de su semilla es ya imparable. Esa es nuestra esperanza.
El Ser no sabe de dogmas, de idearios y de religiones; es trans-confesional. El Ser, se limita a ser y quien él mismo es salud, transmite salud sin esforzarse, y quien él mismo es empatía y amor, transmite ese amor sin esforzarse. Aunque la educación (¿) neoliberal preconice lo contrario, la existencia, si no se la adiestra ni educa contra natura, fluye ella misma hacia la unidad. Quien él mismo es paz, transmite paz.
El espacio seguro de la terapia depende de la calma interior del terapeuta, dice Brazier. Un terapeuta bueno se asienta en un modo de ser; un terapeuta bueno sabe bien que sólo logrará que su cliente sane cuando tal cliente logre amar, logre caer en la cuenta de que su fondo es amor. Se trata, por tanto, de lograr saber quién soy, no qué carrera elijo sino quién soy. Lo triste es que nuestra educación (?) capacita y no forma; hace más énfasis en el predicado que en el sujeto: no hemos aún despertado al Ser. La educación neoliberal es un opio que ha reducido la vitalidad del verbo ser a un inerte trozo de sintaxis. Nos sobran medios, pero nuestra dormidera nos impide saber adónde vamos. Somos una civilización televidente, pasiva, tonta de solemnidad.
Nuestra Universidad, otrora el alma mater, que nació con vocación para la música del gaudeamus igitur, hoy ha devenido en el triste pentagrama vacío de la razón instrumental; tan sólo, y como tímidos hilos de luz, algunos profesores automarginados de la mole burocrática, se deslizan contracorriente hacia horizontes de esperanza. Son los maestros residuales de ese páramo, pero los sabios están en la calle.
Sí, la esperanza radica en que existen personas que abandonado su ego a la intemperie, resultan ser igual que las transparentes gotas de lluvia que arrastran a nuestros ojos hacia el secreto oculto de la vida. Tales personas, que tan sólo se limitan a ser, expanden la fuerza de esa onda inextinguible que rebosa los cuatro puntos cardinales; su sola presencia ya es transformadora. Ellas, no hablan desde y por los libros; se limitan a ser lo que dicen. Aunque parecen extrañas a la vida, son las más representantes de la vida.
El folio llega a su fin. Agradezco el saludo de la Aurora y la extraña grandeza que, en sus pequeñas cosas, la Vida generosamente me revela en este amanecer del día de la Epifanía. |
|