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Una de las pinturas de Iñigo Manterola, en la que se refleja el movimiento en la labor de los arrantzales. |
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Manterola se embarca en el Santana Berria para crear sus pinturas animadas
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El artista pasó cinco días en alta mar para conocer de cerca la labor de los arrantzales
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María R. Aranguren Bilbao
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«Llevé un bloc, un diario y una cámara de fotos pero, sobre todo, abrí mucho los ojos» Íñigo Manterola Pintor
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Cogía verdeles, chicharros y arraitxikis cuando era niño. Subido a una pequeña embarcación con sus tíos, y a una milla de la costa, el pintor Íñigo Manterola (Orio, 1973) intuía la esencia de una tradición familiar que ha retomado a sus 33 años. No para ejercerla, sino para plasmarla en imágenes «de sangre y movimiento».
Tras cinco días en el Santana Berria de Getaria, codo a codo con los arrantzales, un mes de incubación del proyecto y siete frente al lienzo, Manterola ha concluido ‘‘Pinturas animadas. Un mareo en el Cantábrico’’, que se puede ver en la galería Txema Burgos 3E de Bilbao hasta el 1 de abril. Manterola ha creado imágenes a la manera de los Nuevos Realistas a quienes les preocupa, como a los fotógrafos, el paso del tiempo. Ese paso, explica el crítico de arte Edorta Kortadi, «se basa en la repetición seriada y cinética de los barcos, los pescadores, y la caña cimbreante en la captura de túnidos, casi como lo hacían en los albores de los tiempos». Al fin y al cabo, pocos son los avances tecnológicos producidos en dichas labores, salvo la mejora de indumentarias, cañas y barcos.
«Llevé un bloc, el diario de abordo y una cámara de fotos. Pero, sobre todo, abrí los ojos y guardé en la mente todo lo que ví», cuenta Manterola. De la experiencia se lleva un par de certezas: que el oficio de arrantzale es muy duro y que el cielo puede ser más oscuro que el mar en la línea del horizonte. Porque a través del viaje descubrió detalles para él nuevos que ha trasladado al lienzo, entre ellos, las herramientas del pescador.
En la exposición, las pinturas se observan a través de una pantalla y se suceden de manera secuencial y continua dando la sensación de movimiento. «Se trataba de captar el movimiento como si las pinturas fuesen fotogramas. Esto me ha obligado a trabajar en un formato pequeño: la mayoría de las piezas son de 20 x 20 centímetros, hay alguna de 30 x 30 y otras de 16 x 16», explica el autor. De fondo, la txalaparta de Ttakunpa y, entremezcladas, imágenes cedidas por Azti-Tecnalia, centro de investigación marina y alimentaria.
Cuando finaliza el trabajo, el pez sonríe: «Dedicado al atún». Aunque Manterola, en su diario de abordo, recuerda constantemente su verdadera pasión, sus hijas que, como él mismo dice, «son lo más ‘‘bonito’’». Así queda constancia de la larga espera de los arrantzales y de su familia, que no volverán a reunirse hasta que hayan terminado la faena. «¡11.000 kilos de bonito en media jornada!», relata sorprendido el pintor en su diario de abordo. Están a diez horas en línea recta de Gijón hacia el norte y Manterola está pasando «bastante canguela». Lo expresa con la naturalidad de quien habitualmente pisa tierra. «Ellos están acostumbrados, pero yo no veía más que agua. Nos pilló mala mar, mucho oleaje que entraba por babor y por estribor. Impresiona mucho».
Sin embargo, sus pinceladas, lejos de estar condicionadas por ese miedo, aparecen sueltas y ligeras. «Quería ser fiel a la realidad. Conocer cómo trabajan».
Toda su familia se dedicó a la pesca. «Desde mi bisabuelo que capturaba ballenas hasta mi primo, con quien he hecho este viaje. Mi única pena es no haber podido tener esta experiencia con mi padre, que murió hace ya cuatro años». En cualquier caso, para pintar, Manterola «tenía que estar en el barco». Sin paletas ni apuntes. Codo con codo con los arrantzales. |
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