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Ciencia, política y cambio climático
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Xabier Garmendia
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El pasado 17 de febrero tuve la oportunidad de leer en estas mismas páginas una entrevista en la que el actual diputado foral de Medio Ambiente de Bizkaia, Iosu Madariaga, expresaba sus dudas respecto a que la acción humana tuviera algo que ver en el cambio climático. Me sorprendieron las declaraciones por su valentía, ya que es la primera vez que un político europeo en activo se atreve a poner en cuestión lo que es la posición oficial del agresivo establishment que se ha formado en torno a la incontestable evidencia, según ellos, de que estamos inmersos en un cambio climático inducido por la actividad humana. En efecto, hoy en día es una temeridad no ya poner en cuestión la "verdad" oficial respecto a que es el CO2 liberado por la acción del hombre el causante de que el efecto invernadero que produce el calentamiento del planeta esté desbocado y sea la causa de un cambio climático de consecuencias catastróficas, sino tan siquiera introducir un mero matiz, por pequeño que sea, que los guardianes del sistema puedan interpretar como la posibilidad de que la duda pueda penetrar en nuestros corazones. Lo menos que te van a llamar es irresponsable, cuando no acusarte de estar pagado por las multinacionales del petróleo interesadas en negar lo que constituye una verdad científica irrefutable, a causa de sus oscuros y bastardos intereses económicos. No es mi interés discutir la bastardía de los intereses de las multinacionales del petróleo o de los gobernantes a su servicio (léase George W. Bush): a fin de cuentas son lo bastante poderosos como para defenderse ellos solitos de estas y otras acusaciones, ni tampoco estoy interesado en poner en cuestión la doctrina oficial sobre el cambio climático de origen antropogénico, ya que después de todo las actuaciones necesarias para mitigarlo o evitarlo son políticas que, como el ahorro y la eficiencia energética o el impulso a las energías renovables, vengo defendiendo desde hace más de treinta años. Sin embargo, no puedo menos que alzar la voz ante lo anticientífico de unas posiciones que son incapaces de soportar el más mínimo razonamiento que llegue a conclusiones diferentes o simplemente no coincidentes aún partiendo de los mismos datos científicos. Lo que se está creando en torno a la posición oficial en este tema es un sistema cerrado de pensamiento único que no admite ninguna crítica o matiz. Algo más parecido a una religión que a una posición científica. Y esto si que empieza a ser grave e intolerable. Desde el punto de vista científico, el clima es un sistema dinámico no lineal de una extraordinaria complejidad, que depende de una gran cantidad de variables. En efecto, el clima depende de la concentración en la atmósfera de los gases de efecto invernadero como el anhídrido carbónico pero también de otros como el vapor de agua que tienen una influencia mayor sobre le clima que el CO2. Pero el clima también depende, por ejemplo, de sucesos catastróficos, de la evolución geodinámica del planeta, de los cambios en la circulación océanos/atmósfera o de las oscilaciones naturales de la órbita terrestre alrededor del sol, los denominados ciclos de Milankovitch. Finalmente el clima depende, para algunos en mayor medida que de otras variables, de la actividad solar. En efecto, la radiación procedente del sol no es uniforme en el tiempo y hoy sabemos que sufre variaciones importantes como consecuencia de diversos fenómenos entre los que se encuentran, por ejemplo, las manchas solares que varían en ciclos de 11 años en los que el Sol invierte su polaridad magnética general y que hasta ahora no se había considerado que pudieran tener influencia alguna sobre el clima terrestre. O que los mínimos del ciclo de Gleissberg de la actividad solar, coincidentes con periodos de climas fríos en la Tierra, están ligados de manera consistente a un ciclo de 83 años en el cambio de la fuerza rotatoria, que impulsa el movimiento de rotación del Sol alrededor del centro de masa del sistema solar. El curso futuro de este ciclo puede ser simulado por ordenador y parece que se puede predecir que el mínimo Gleissberg del año 2030 será del tipo mínimo Maunder, acompañados por un severo enfriamiento de la Tierra. Viene todo esto a colación, para poner de manifiesto que reducir el problema del cambio climático de la Tierra a la consideración de una única variable, como es el caso de los gases de efecto invernadero, es una simplificación que tendrá que demostrar su validez a través de un modelo que sea capaz de prever de cara al futuro la ocurrencia de fenómenos climáticos significativos datables y cuantificables. Hasta que punto los actuales modelos han alcanzado estos niveles de rigor científico o por el contrario están sometidos a incertidumbres que los hacen poco fiables, es una cuestión cuya formulación no es un ejercicio de irresponsabilidad, sino por el contrario una actitud científicamente honesta e intelectualmente estimulante, como la que mantiene el Sr. Madariga. Se aduce, por otra parte, que en la comunidad científica existe el consenso de que la actividad humana, sobre todo la utilización de combustibles fósiles, está generando un cambio climático que está acelerándose y que representa graves riesgos para el planeta. Pero consenso es consenso y no ciencia, porque bastaría con que un solo científico no estuviese de acuerdo y que sus hipótesis científicas fuesen capaces de predecir con mayor exactitud lo que vaya a ocurrir con el clima en el futuro, para que todo el consenso supuestamente existente quedase invalidado. Salvando todas las distancias es lo que ocurrió en su día con Kepler o Galileo. Se me dirá, con razón, que no es lo mismo porque ahora las posiciones de los científicos reunidos en torno al panel internacional del cambio climático (PICC) se fijan a partir de criterios científicos y no por consideraciones teológicas. Y es verdad. Lo que ocurre es que un consenso científico abrumador como se califica a lo que se reúne en torno al PICC, no deja de ser eso, un consenso científico y afortunadamente para todos nosotros la verdad científica no tiene que ver con la demoscopia sino con la mejor interpretación de la naturaleza y de sus leyes que un científico sea capaz de formular. Finalmente, y ya desde la política, estamos en una situación en que con frecuencia, desde las administraciones públicas, se lanza en torno al cambio climático un mensaje incluso más catastrofista que el que lanzan las organizaciones ecologistas más radicales, tal y como denunciaba el Sr. Madariaga. Pero después no se actúa en consecuencia. Porque si se "compra" la versión ecologista más extremista del cambio climático antropogénico hay que ser consecuentes y comprarla íntegra, es decir, con discurso y propuestas de actuación radicales. Pero no sólo para las empresas, que ya vienen reduciendo sus emisiones desde hace años, sino para los individuos, implantando impuestos sobre el carbono y licencias de emisión, por ejemplo. Y dado que en nuestro país las emisiones difusas de CO2 se encuentran desbocadas, las actuaciones públicas debieran ser drásticas a este nivel. Porque si los responsables públicos que lanzan esos mensajes radicales se creen lo que dicen, deberían ser consecuentes e implantar medidas tan traumáticas como por ejemplo la imposición de restricciones al uso del vehículo privado o al consumo energético en los hogares. De otra manera, cada vez nos quedará más la sensación de que se lanzan discursos apocalípticos que son gratis y ponen a cubierto de las críticas de los sectores ecologistas que se supone tienen mayor influencia social, pero no se hace prácticamente nada para disminuir o evitar las emisiones de gases de efecto invernadero.
Xabier Garmendia ex viceconsejero de Medio Ambiente del Gobierno vasco |
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