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La verdadera solidaridad
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Antonio Álvarez Solís
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En tres días abrieron mis vértebras los neurocirujanos del hospital de Cruces, me pusieron en pie y me devolvieron al trabajo. Pasó el plazo justo y necesario para que unas manos prodigiosas me restauraran, ya anciano y tocado un poco por el rayo, y me recompusieran la esperanza. Sería absurdo que diera las gracias a quienes hacen del cotidiano servicio al prójimo su trabajo discreto y constante, pero vale hablarlo algo siquiera para contar en directo -uno es relator hasta en el quirófano- con qué eficacia funciona esa sanidad vasca que no sólo atiende a quienes contamos entre la ciudadanía euskaldun sino a quienes, con ciudadanía ajena, acuden a Euskadi para conseguir los medios quirúrgicos que no poseen en sus comunidades. No hace muchos días el jefe del Gobierno español alababa a Andalucía como la comunidad más solidaria del Estado español. Cosas del Sr. Zapatero, al que le ponen cinco duros en el alma y canta, como aquellos tocadiscos que recuerdo con tanta ternura. Y mientras decía esto el socialista leonés, en Euskadi se libra una batalla constante por muchas cosas que saltan sobre las fronteras internas para constituirse en bien común de cuantos acuden junto al roble. Equipos formados en Euskadi, estudiosos ejercientes en Euskadi, medios que la sociedad vasca moviliza constantemente en beneficio de quienes, españoles o venidos de cualquier lugar -recordemos la constante asistencia a pueblos maltratados, como el saharaui- saben que en la tierra vasca encontrarán asistencia. Si aceptamos términos de mercado yo creo que Euskadi se vende mal. Una larga tradición de eficacia le lleva a convertir su espíritu en simple maquinaria, mientras otros hacen de su pobre maquinaria espíritu extravagante. En fin, hoy toca testimonio simple. Como dicen en los tribunales, dedúzcase pieza con los fines correspondientes. A veces hay que acodarse a la barra del txoko y decir estas cosas tan simples. |
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