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12-03-2007
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Una de espías
José Ramón Blázquez
En una sociedad utópica, donde prevaleciera la moral basada en el respeto y la dignidad de las personas, escudriñar la vida del prójimo sería considerado el delito más salvaje; y puesto que el espionaje, en sus diferentes grados y territorios, es una plaga, cabe inferir que vivimos mermados de principios y rendidos a un oculto despotismo. Por culpa del cine y cierta literatura, que han enaltecido al chivato y revestido de misteriosas y mentirosas virtudes heroicas, el espía tiene prestigio y se ha extendido por todas las redes humanas la violación de los secretos ajenos con el despreciable propósito de garantizar el control y la dominación. Así las cosas, en la lucha por la libertad el espionaje es un arma de destrucción masiva.

El apogeo de los espías aconteció durante la larga guerra fría, en la que los dos bloques en que se dividió el mundo establecieron un equilibrio de terror militar que, dentro de su lógica, requería el conocimiento recíproco de las amenazas. Demolido el muro de Berlín y liberado el planeta de la trágica experiencia comunista, cabía esperar que los espías serían desmovilizados. Nada de eso.

Todas las agencias internacionales de soplones han incrementado sus plantillas y, tras los hechos del 11 de septiembre, se dedican preferentemente a espiar al mundo árabe y, de paso, a cuantos ciudadanos y organizaciones desean un mundo sin dueño. No nos engañemos. Los espías habitan muchos más espacios que las embajadas y las empresas multinacionales, disfrazados de agregados comerciales y altos ejecutivos. Hay espías por todas partes, infiltrados en los partidos políticos y en las empresas, en el vecindario y el despacho de al lado, nos graban las conversaciones telefónicas, nuestras citas y andanzas. Esta es una sensación real, no es paranoia.

La noticia es que a Euskaltel le ha salido un espía, que se ha llevado información confidencial de la empresa vasca a la competencia francesa, lo que puede constituir un caso de espionaje industrial, castigado por las leyes, pero que todo el que puede lo practica como parte de una concepción bárbara del mercado. En mi profesión, el espionaje es más rudimentario y consiste en hacerse con las bolsas de basura de la empresa competidora, en las que se pueden hallar bocetos, indicios económicos y apuntes estratégicos de la campaña por la pugnan contra nosotros y así conocer sus intenciones.

Este método todavía funciona porque la mayoría somos unos bobos ingenuos, inconscientes de la acción trituradora de los enemigos de nuestra libertad.

El éxito del espionaje es hacerse invisible o ser considerado incompetente. Los fracasos en la prevención de grandes atentados terroristas contribuyen a esta idea de inutilidad de los servicios secretos, que suelen fallar en lo grande, pero son muy eficientes en el espionaje de menor cuantía. Y así en Euskadi, uno de los pueblos más espiados del mundo, tenemos una baja conciencia de su acción profanadora porque nos han hecho creer que el CNI, el antiguo Cesid, es un atajo de ineptos. Lo que más descompone a los espías es la discreción de la gente, cuando evita ser emisora o repetidora de información privada o asuntos delicados; y es que los confidentes funcionan como grandes antenas receptoras de esos chismes que a veces contamos frívolamente en conversaciones de café.

Hay dos clases de espías: los activos y los pasivos, o sea, los listos y los tontos. Los primeros saben lo que hacen y captan la información confidencial, mientras que los segundos no saben que lo son, pero proporcionan datos a quienes se la sonsacan mediante engaño. Los espías pasivos son los que entregan copias de un expediente médico, un asunto penal o una inspección fiscal creyendo que lo hacen para satisfacer la curiosidad inocente de un amigo o como pago de un antiguo favor. Los espías viven de la ingenuidad y la estupidez vecinal, pero el espía más aberrante es el infiltrado, ese sujeto insertado en una organización (partido, sindicato o empresa pública) que desvía información al enemigo. Es un cáncer letal.

El ideal del espionaje es una sociedad de cristal, donde no exista la intimidad ni el pudor y donde cualquier cosa que hagas o pienses esté expuesta a la luz pública. A este régimen de terror nos encaminamos y ya se está ensayando en la televisión, a la que la buena gente acude presurosa a exhibirse encerrada en una casa o a contar sus recónditos secretos. El que no es actor, es espectador; pero todos participan del exterminio de la libertad interior. Al final de este proceso de derrumbe de la conciencia ya no serán necesarios espías, ni los hackers informáticos: saberlo todo de todos será la apoteosis de la ignorancia.

En tiempos de guerra a los espías se les fusilaba, mientras que en época de aparente calma se les asigna un programa de TV o, mejor aún, un cargo en la Hacienda Foral con clave de acceso a los expedientes fiscales.
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